El aislamiento, la pandemia, la lógica del encierro y la distancia remota del trabajo en el living de lo que llamamos casa cambiaron los modos de pensar la vida cotidiana. Inventamos categorías como “nueva normalidad” para explicar la convivencia compleja de lo material con lo virtual. No tenemos una experiencia anterior que nos permita anclar la realidad en un pasado remoto posible de ser imitado. Lo nuevo es real y contingente. Es inmediato y urgente. Es ahora.
La escuela se volvió lejana. Las plataformas, el meet, el zoom, el classroom, el moodle, on line, el pdf, la pantalla, la empecinada voluntad de sobrevivir a lo que no conocemos y apenas imaginamos. Los modos de enseñar, cara a cara y con pastoral binaria de maestro y discípulo tuvieron que salir a buscar una trama diferente. En este punto, también cambiaron las escenas: leemos pantallas, cruzamos fronteras, visitamos museos, vamos al teatro y hasta compramos entradas para un concierto. Todo depende, claro, de que nadie apague la luz.
Tenemos un tiempo y un espacio configurado de manera diferente: la vida se desarrolla en la cercanía de lo próximo tenemos que leer lo que vive en la biblioteca de la casa. Olvidada, dispersa, amontonada, desordenada. Es lo que hay.
En algún punto, la escuela, se volvió peligrosa. Las fases con sus complejos protocolos aprobados o desaprobados por el COE están determinadas por la apertua de los cafés, los supermercados o los shoppings. La escuela no parece entrar en el registro de lo próximo. Con igual frecuencia circulan en los patios ideas, cuerpos y humores, todos amontonados. Cifrados como discursos, secretos en sus prácticas. Vitales en sus intervenciones.
Necesariamente tenemos que repensar los modelos de transmisión con los que aprendimos a enseñar. En presencia, bajo control, en planilla y planificación, derechitos, con la bandera, en la silla. También, con el grupo, con los pares, con los otros. Los encuentros virtuales ponen los lazos en espera. Es imposible salir a la escuela, sin embargo, no podemos salirnos del aula. Quizás sea el momento de volver al iluminismo y sus desafíos: inventar o errar.
Si afuera sobreviene la peste, en el adentro del arca, quizás, tengamos que pensar en cómo navegar con los salvados. En esa historia de libros y tormentos, entre la cocina y el hogar, la literatura tiene mucho para contar. Nunca estuvo demasiado invitada en la escuela. La usamos para enseñar las letras y sus oficios, pero la expulsamos con su arte, su divergencia y sus modos despatarrados de inventar una ínsula para enloquecer del mucho leer y del poco dormir. Quizás sea el momento de visitarla de nuevo en la profundidad de las bibliotecas. Y nosotros, los que conocemos sus secretos, tenemos el tiempo artesanal para contar sus cuentos.
Mientras se va sucediendo la vida misma en cuarentena de cuevas y lo que vendrá. Roberto Arlt imaginó un lanzallamas loco para propagar la revolución; Rodolfo Walsh inventó la máquina para separar el bien y el mal como un cachivache viejo de engranajes ruidosos; Adolfo Bioy Casares imaginó una máquina como la invención de Morel para volver reales las imágenes en una playa desierta.
Quizás tengamos que pensar formas de multiplicar lectores con la lógica de la propagación exponencial del covid. Lo que nunca vivimos. No es una política pública del Estado. Hablo de imaginar un dispositivo de la intimidad. Leer un cuento, compartir las palabras que viven en una ficción, habitarlas en su poesía, comerlas en su poética, disfrutarlas y propagarlas en su gramática. Con la lógica del virus: por contagio. Hemos vivido relatos de guerra y apocalipsis, fronteras. Por momentos atrapados sin salida. Quizás sea el momento de inventar un modo nuevo de transmisión para la escuela. Con la lógica del cuidado y los afectos. Sin panópticos de control para miradas sin escape: con apenas un libro como experiencia de disfrute comunicable. Los chicos y los adolecentes harán con esa materia narrada lo que quieran, lo que sientan o lo que puedan. Quizás no sea en vano decir ¡presente! una vez más. Militar esta escuela que ya no es la de la letra y la sangre. Que a esta historia de la humanidad la contamos nosotros.


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