Por Natalia Serrano - Generación Patriótica Tucumán. En estas líneas no me interesa contestar a la derecha que se hizo un festín con las palabras de nuestro compañero presidente, sino más bien abrir el diálogo con lxs compañeres del campo del pueblo y lxs amigues, a todxs aquellxs que pudieran haberse, de mínima, sorprendido y hasta ofendido con las palabras de Alberto. ¿Por qué? porque como nos expresa el Gallego Alvarez (un cuadro peronista con mucha claridad) “la política es el arte de definir con claridad y separar con claridad qué es amigo y qué es enemigo, y casi nada más”, definición sencilla y al pie para que la entendamos todes.
¿Qué es esta sorpresa, incomodidad, enojo, decepción que nos provocan las palabras de Alberto? “Lxs argentinos bajamos de los barcos”. Lo que voy a plantear en estas líneas, no es una discusión nueva, pero es una discusión que no está “resuelta” o “institucionalizada”. ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra identidad? ¿Argentinos, americanos? Como sabemos el principal propósito de establecer la escolaridad obligatoria y universal en nuestro país tuvo que ver con la constitución de una identidad nacional. Recordemos por ejemplo los actos escolares, algunas fechas patrias, nuestra bandera, la escarapela, los himnos, uno que otro prócer. Una constante insistencia en el mundo de lo simbólico que reforzaba y permitía seguir tejiendo ese sentido común de pertenencia.
¿Qué es esto que nos provoca? ¿Con qué herramientas contamos para adentrarnos en esta discusión? ¿Cuál es la discusión esencial? Si analizamos las repercusiones que tuvo este hecho desafortunado, creo que la discusión pasa, por una disputa de sentido o lo que más nos duele es que la derecha se apropie de esta discusión para quitarnos legitimidad. Pero tenemos claro ¿Qué somos o cuál es nuestra identidad?. En todo aprendizaje es necesario empezar por lo que nos incomoda, por aprender a escuchar esa tensión que nos genera la situación. Y ahora y sin más vueltas ¿Qué posibilidad tenemos de reconocer nuestro mestizaje? y ¿Cómo hacemos para poner la discusión en la mesa, en las aulas, en las calles, en las asambleas, en los medios de comunicación, en las redes y todos los lugares donde disputamos el sentido de las cosas?
A grueso modo, podemos decir que nuestra identidad está conformada por fragmentos de culturas, que como argentinos, expresamos y sabemos, son de orígenes distintos. Hasta ahí creo que todes vamos a estar de acuerdo, ahora bien, en este sentido común de pertenencia parece que esos distintos orígenes son siempre europeos. O acaso ustedes no participaron de esa conversación en la que, cada cual expresa de donde vino su abuelx, bisabuelx y casi siempre (por no decir siempre) “bajaron de los barcos” o son de origen italiano, aleman, español, etc. Ellxs, además, se instalaron aquí en una tierra “desierta”. Sin lugar a dudas somos una mixtura y nuestra identidad no refleja directamente ninguna de nuestras historias familiares, también está claro que una versión de la historia pretendió borrar de nuestra diversidad cultural a lo autoctono, lo originario o simplemente a quienes poblaron estas tierras previo genocidio, etnocidio en “Nuestra América”. Haber ignorado es válido, pero llegado a este punto (los 500 años, la primavera latinoamericana con Nestor, Evo, Lula, Chavez, Correa, los años de retroceso en AL, las insurrecciones en Chile y Colombia) no podemos seguir en la ignorancia, ignorar aquí se convierte en una decisión política. Porque no podemos negar que este discurso eurocéntrico, racista impacta en la vida de muchos de los que habitan nuestras tierras. Podríamos aventurarnos en pensar que quizás hoy nos encontremos en una suerte de crisis de identidad y como sabemos toda crisis constituye una oportunidad de transformación. No estamos diciendo nada nuevo, si decimos que en la actualidad nuestras instituciones educativas, nuestros intelectuales, académicos, científicos y muchxs otrxs no directamente vinculadas a estos ámbitos continúan creyendo en una superioridad excluyente, la actitud colonial la vemos, la respiramos y la consumimos todos los días.
Lo que está en juego en el problema de la colonialidad es el no reconocimiento de las experiencias de muchas personas, de su vida. Es no considerarlos ciudadanxs, sujetxs de derechos. No es nuevo que el racismo opera en nuestro país: son los “negros de mierda” los “negros de alma” los “villeros” los “indios” ahí está la negritud. El desprecio va dirigido a lxs afrodescendientes, los pueblos originarios, lxs inmigrantes que llegan de países vecinos, realidad oculta por un discurso nacionalista y tradicionalista que afirma que “nosotros bajamos de los barcos”, relacionada con un elemento legitimador de la superioridad de unos frente a otros. La blancura relacionada a rasgos identitarios, a lo civilizado, o lo que es lo mismo: la moral occidental.
Ahora bien, volvamos al principio, para ir cerrando y avanzar, vuelvo al Gallego “la política es el arte de definir con claridad y separar con claridad qué es amigo y qué es enemigo” y él empieza por el enemigo y nos interpela. “Enemigo significa únicamente aquel que no permita que yo viva, y nada más. Mi enemigo no es el que piensa de otra forma, el que tiene otra fe, el que tiene otro color de piel, el que es rico o el que es pobre, sino simplemente y únicamente, aquel que no permite que yo exista”. Entonces, está claro que el enemigo no está en nuestras líneas y mucho menos es Alberto sobre quien podemos decir que tiene una férrea voluntad en el sostén de la vida. No es necesario enumerar ¿Verdad?. Me disculparán, abro cita nuevamente, porque no tiene desperdicio esta definición de política, sigue: “Y con él (refiriéndose al enemigo) no hay paz posible, y quiero que se entienda, no hay paz posible. Y esto significa, entonces, que ¿La política implica una voluntad de destrucción del enemigo? No. Porque implica primero una voluntad de defensa del amigo. Antes que de destrucción del otro” (..) “El solo hecho de hacer la paz en el propio campo de reunir el propio campo, el campo del amigo en tanto y como quiera, sin imposición, es lo que termina destruyendo finalmente a aquel que está del otro lado de la línea. Porque no nos olvidemos que del otro lado de la línea nosotros tenemos una gran cantidad de prisioneros en campos de concentración abierto que debemos hacer transitar hacia este lado”. Para eso es necesaria una “conversión(..) para transitar a la posibilidad de realizar una política acorde con la necesidad de hoy”, que para nosotrxs consiste en organizar el campo amigo, el campo del pueblo “un campo de paz donde se pueda comprender y donde se puedan resolver los problemas con solidaridad”.
Entonces propongo adentrarnos en este mestizaje, para salir de esta incomodidad que nos provoca explorar lo americano, esta identidad que se resiste a esa moral occidental, porque el racismo elimina al otrx todos los días. Necesitamos profundizar la batalla cultural, impregnarla de estas discusiones que tienen que ver con lo más íntimo, con nuestro lugar en el mundo, con este habitar “Nuestra América”. ¿Cómo hacerlo? transformándonos nosotrxs mismxs, trabajando solidariamente con nuestrxs compañerxs, reconociendo que no es una tarea sólo individual, sino colectiva, que no es sólo tarea de Alberto o de quien ocupe un lugar en la toma de decisiones, la batalla cultural la hacemos lxs dirigentes y compañeres estudiantes, la juventud, lxs compañerxs en el sindicato, las organizaciones barriales, desde la base, desde el trabajo cotidiano, porque sino ese lugar, el del sentido común, nos lo disputa la derecha. No temamos, en este punto de la historia está claro que ellxs, los enemigos, son el pasado.


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