Existe en el museo arqueológico de Nápoles una escultura excelsa de Zeus, la divinidad máxima en el mundo griego, que sostiene en su mano a la cornucopia o cuerno de la abundancia. La imagen irradia la superioridad que emana del poder aplicado sobre todo el orbe, y a él parece contribuir de modo inequívoco la mentada cornucopia. De la cornucopia desbordan múltiples productos de la naturaleza, dando a entender así que los antiguos vinculaban al concepto de diversidad biológica con virilidad, capacidad reproductiva y potencia vivificante en general.
Hoy conocemos como biodiversidad el conjunto de los seres vivos que habitan nuestra atribulada Tierra. Las cifras más conservadoras estiman en alrededor de dos millones el número de especies, correspondiendo al grupo taxonómico de los insectos la mayoría de esas especies. No existe rincón continental de la Tierra donde algún insecto no haya sido capaz de colonizarlo exitosamente. Pero no solamente son muchas las especies, sino que son muy abundantes en términos de biomasa y número de individuos. Por lo tanto, es altamente probable que en el tiempo del transcurso de un día cualquier persona tenga algún contacto físico concreto con insectos que le haga reparar que son ellos realmente los soberanos de la biósfera.
La palabra biodiversidad está incorporada con naturalidad en nuestro léxico, pero su incorporación a nuestro vocabulario es un evento reciente que se atribuye al gran entomólogo y escritor Edward Wilson. Este eminente biólogo ha publicado un bello libro donde discurre acerca de lo que él denomina biofilia, que remite a las conexiones que los seres humanos buscan subconscientemente con el resto de las formas vivas. Cualquier sustancia que manifieste atributos de ser vivo capta irremediablemente nuestra atención: eso es biofilia. Gran parte de nuestro interés por el cosmos reside precisamente en descubrir indicios de vida en los confines del universo. La vida nos atrae como fenómeno de modo análogo a como lo hace el imán con las limaduras del hierro.
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| Un zapatero apoyado sobre la superficie del agua. |
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| Cabeza de la larva de un jején. |
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| Quironómidos atrapados en ámbar. |
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| Quironómidos rojos (por la hemoglobina presente en su interior) que son muy abundantes en cuerpos de agua contaminados. |
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Ninfa de libélula capturando un pez.
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| Los tricópteros, verdaderos arquitectos subacuáticos, pueden construir habitáculos con diversos materiales suministrados. |
Una excursión al arroyo Tafí puede maravillarnos con experiencias estéticas superiores como flores delicadas, mariposas y libélulas. Las libélulas han concitado el interés de la humanidad por milenios y existen hasta inscripciones cuneiformes de Oriente Medio que describen sus habilidades de vuelo. Estudiar el cerebro de una libélula puede redundar en beneficios para la industria de los drones o tecnologías de caza. Estos insectos no persiguen a sus presas sino que evalúan la trayectoria de desplazamiento de la víctima y consiguen predecir la ubicación futura, por lo cual en vez de perseguir, interceptan. Las libélulas son los depredadores más eficientes del mundo animal, mayores que los leones por ejemplo. Su tasa de éxito alcanza al 95 %, una cifra que genera admiración comparada al 35 % del resto de los depredadores conocidos. Las ninfas (estadios inmaduros, también llamados larvas) habitan zonas acuáticas y son igualmente eficientes depredadores. Sirven para control biológico de larvas de mosquito y pueden apresar hasta pequeños peces.
Al levantar las piedras que hay en el arroyo Tafí podemos descubrir un universo insospechado de insectos, y en esa constelación de formas nos fascinan los tricópteros, o frigáneas, por la inmensa capacidad que poseen para construir habitáculos a partir de piedras, palitos y restos de hojas. El adulto de los tricópteros se parece a una polilla y suele estar en la lista de preferencia de la dieta de aves que frecuentan arroyos. Sus larvas también son importantes fuentes de alimento para los peces, y quienes se precien de buenos pescadores fabricarán moscas para sus anzuelos que imiten a las larvas de tricópteros. Las larvas pueden secretar una seda pegajosa que funciona bajo agua. Es un material que atrae a la industria de materiales adhesivos precisamente por esa circunstancia: pega bajo agua. Hay una larva de tricóptero que pega granos de arenas siguiendo la forma de una conchilla de caracol. Es posible criarlos en acuarios y proveerles pepitas de oro en vez de arena. Los habitáculos se convierten así en joyas muy apreciadas. Por lo tanto, existen en el arroyo Tafí orfebres no muy conocidos por la población que podrían cimentar el ejercicio de una joyería no convencional con amplia aceptación en el mercado internacional.
La pesca con mosca también trata de reproducir ninfas de efímeras. Las efímeras son quizá uno de los primeros insectos voladores en la historia de la vida. Abundan en el arroyo Tafí y presenciar su emergencia es un espectáculo visual maravilloso. Los adultos de efímerasviven un día, nada más que un día. En esa escueta ventana temporal no se alimentan, solo se reproducen. Para incrementar las probabilidades de encuentros entre machos y hembras, la emergencia coordinada y masiva es fundamental. Esas mangas de efímeras son verdaderas transferencias energéticas del medio acuático hacia el medio aéreo, y muchas aves insectívoras pueden dar fe de ello.
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| Élmido adulto (derecha) y conjunto apretado de quetas (izquierda) responsable de la formación del plastrón. |
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| Niños recolectando insectos en el arroyo Tafí, valiéndose a tal efecto de insumos mínimos como un colador de cocina. |
Visitar el río y entrenarse en el reconocimiento de su entomofauna es una actividad educativa trascendente. He realizado talleres de educación ambiental consistentes en el muestreo de insectos acuáticos para inferir la calidad ecológica de las aguas. El efecto en los asistentes es la de inducir un cambio de percepción del río, y las actitudes tendientes a su conservación son el tipo participativo/prevención en vez de la respuesta estereotipada de remediación. Los insectos acuáticos son una llave maestra para enamorarnos de nuestros cursos de agua. Arroyos como el Tafí, que drenan los bosques nublados de montaña neotropicales, son una paleta abigarrada de estrategias de vida que ameritan ser, primero cuidados por los beneficios enormes que nos proveen, y segundo estudiados por la cantidad de soluciones latentes a nuestros problemas que allí están y aguardan nuestra diligente consideración.









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