¿Cómo es Tafí Viejo visto a través del ojo de un humilde insecto acuático?

Por Daniel A. Dos Santos para el capitulo 4 del libro "Historia natural de las Yungas de Tafí Viejo" de Ediciones Tafí Viejo.
Existe en el museo arqueológico de Nápoles una escultura excelsa de Zeus, la divinidad máxima en el mundo griego, que sostiene en su mano a la cornucopia o cuerno de la abundancia. La imagen irradia la superioridad que emana del poder aplicado sobre todo el orbe, y a él parece contribuir de modo inequívoco la mentada cornucopia. De la cornucopia desbordan múltiples productos de la naturaleza, dando a entender así que los antiguos vinculaban al concepto de diversidad biológica con virilidad, capacidad reproductiva y potencia vivificante en general.

Hoy conocemos como biodiversidad el conjunto de los seres vivos que habitan nuestra atribulada Tierra. Las cifras más conservadoras estiman en alrededor de dos millones el número de especies, correspondiendo al grupo taxonómico de los insectos la mayoría de esas especies. No existe rincón continental de la Tierra donde algún insecto no haya sido capaz de colonizarlo exitosamente. Pero no solamente son muchas las especies, sino que son muy abundantes en términos de biomasa y número de individuos. Por lo tanto, es altamente probable que en el tiempo del transcurso de un día cualquier persona tenga algún contacto físico concreto con insectos que le haga reparar que son ellos realmente los soberanos de la biósfera.

La palabra biodiversidad está incorporada con naturalidad en nuestro léxico, pero su incorporación a nuestro vocabulario es un evento reciente que se atribuye al gran entomólogo y escritor Edward Wilson. Este eminente biólogo ha publicado un bello libro donde discurre acerca de lo que él denomina biofilia, que remite a las conexiones que los seres humanos buscan subconscientemente con el resto de las formas vivas. Cualquier sustancia que manifieste atributos de ser vivo capta irremediablemente nuestra atención: eso es biofilia. Gran parte de nuestro interés por el cosmos reside precisamente en descubrir indicios de vida en los confines del universo. La vida nos atrae como fenómeno de modo análogo a como lo hace el imán con las limaduras del hierro.

Un zapatero apoyado sobre la superficie del agua.
Cabeza de la larva de un jején.
Ahora bien, esa biofilia puede manifestarse como sentimiento positivo de acercamiento o negativo de distanciamiento, pero sentimiento al fin y al cabo que termina por definir una conducta de nuestra parte. Personalmente, creo que la biofilia tiene condicionamientos filogenéticos (o sea, su expresión está modulada por las relaciones de parentesco entre las especies). El interés positivo de acercamiento que nos despiertan otros especímenes está relacionado en forma directa con el grado de parentesco hacia ellos. Así, otro ser humano o un gorila suscitan en nosotros mayor interés que un lagarto, y todos ellos a su vez un interés mayor comparado con el que despierta un insecto. ¿Pero pueden ser modulados de algún modo el sentido y la intensidad de la biofilia? ¿Hemos reflexionado sobre cuánto más provechosa serían nuestras experiencias con la biodiversidad si la biofilia hacia los insectos se plantease de modo positivo? Ciertamente, hay un camino para modular la biofilia que nos brota como el más profundo de los instintos, y ese camino es el conocimiento. Conocer más sobre la cucaracha, por ejemplo, puede obrar el milagro de interesarnos tanto por este animal como por un mamífero. Los párrafos siguientes son una invitación para conocer más sobre los insectos acuáticos que habitan el arroyo Tafí, y para ello apelaremos a dos aspectos: 1) apreciarlos como desarrolladores tecnológicos y 2) valorarlos como herramientas auxiliares para el biomonitoreo de calidad ecológica del agua.

Quironómidos atrapados en ámbar.

Quironómidos rojos (por la hemoglobina presente en su interior) que son muy abundantes en cuerpos de agua contaminados.
Los desarrollos tecnológicos de los insectos acuáticos son verdaderas innovaciones que incrementan su capacidad de supervivencia y a nosotros, los humanos, nos sirven como fuente de inspiración. Existe toda una disciplina, la biomimética, que consiste en adoptar materiales y procesos disponibles en la naturaleza para resolver problemas humanos. A título de ejemplo comenzaremos describiendo a los zapateros (gérridos). Estos animalitos poseen la cualidad de caminar sobre la superficie del agua sin hundirse. Son capaces de comunicarse entre sí a través de las vibraciones que generan en la superficie del agua. Cuando están amenazados y rodeados, pueden saltar. Un insecto zapatero se desliza sobre el agua apoyándose en su larguísimo segundo par de patas, que posee una almohadilla apical formada por pelos hidrófobos, lo que le permite formar una minúscula bolsa de aire sobre la superficie. Un trabajo publicado en la revista estadounidense Science nos muestra robots que son capaces de saltar verticalmente aprovechando la tensión superficial del agua tal y como lo hacen los zapateros. Los investigadores grabaron con cámaras de alta velocidad el salto de estos insectos. El secreto de esta habilidad robótica reside en la incorporación de un mecanismo de catapulta invertida, consiguiendo así que el robot se eleve 14 cm sobre el agua.

Ninfa de libélula capturando un pez.
Los quironómidos adultos son muy parecidos a los mosquitos, pero a diferencia de ellos no chupan sangre sino que succionan los jugos azucarados de las plantas. Hay más de 4000 especies de quironómidos y pueden sobrevivir en condiciones tan extremas como el hielo antártico y las aguas súper contaminadas del arroyo Calimayo en la provincia de Tucumán. Pero nuestro interés es el arroyo Tafí. ¿Tiene este arroyo algún quironómido digno de mención? Sí, y ¡es un fósil viviente! Son los ejemplares pertenecientes al género Rheotanytarsus que podemos reconocer incluso en bloques de ámbar del Eoceno obtenidos en las inmediaciones del mar Báltico.

Los tricópteros, verdaderos arquitectos subacuáticos, pueden construir habitáculos con diversos materiales suministrados.
Los quironómidos son indicadores de calidad de agua. Cuando en una muestra de agua hay muy pocas especies y la mayoría de los individuos colectados son quironómidos rojos, tendremos sospechas fundadas que el cuerpo de agua en cuestión está contaminado por materia orgánica.

Una excursión al arroyo Tafí puede maravillarnos con experiencias estéticas superiores como flores delicadas, mariposas y libélulas. Las libélulas han concitado el interés de la humanidad por milenios y existen hasta inscripciones cuneiformes de Oriente Medio que describen sus habilidades de vuelo. Estudiar el cerebro de una libélula puede redundar en beneficios para la industria de los drones o tecnologías de caza. Estos insectos no persiguen a sus presas sino que evalúan la trayectoria de desplazamiento de la víctima y consiguen predecir la ubicación futura, por lo cual en vez de perseguir, interceptan. Las libélulas son los depredadores más eficientes del mundo animal, mayores que los leones por ejemplo. Su tasa de éxito alcanza al 95 %, una cifra que genera admiración comparada al 35 % del resto de los depredadores conocidos. Las ninfas (estadios inmaduros, también llamados larvas) habitan zonas acuáticas y son igualmente eficientes depredadores. Sirven para control biológico de larvas de mosquito y pueden apresar hasta pequeños peces.

Al levantar las piedras que hay en el arroyo Tafí podemos descubrir un universo insospechado de insectos, y en esa constelación de formas nos fascinan los tricópteros, o frigáneas, por la inmensa capacidad que poseen para construir habitáculos a partir de piedras, palitos y restos de hojas. El adulto de los tricópteros se parece a una polilla y suele estar en la lista de preferencia de la dieta de aves que frecuentan arroyos. Sus larvas también son importantes fuentes de alimento para los peces, y quienes se precien de buenos pescadores fabricarán moscas para sus anzuelos que imiten a las larvas de tricópteros. Las larvas pueden secretar una seda pegajosa que funciona bajo agua. Es un material que atrae a la industria de materiales adhesivos precisamente por esa circunstancia: pega bajo agua. Hay una larva de tricóptero que pega granos de arenas siguiendo la forma de una conchilla de caracol. Es posible criarlos en acuarios y proveerles pepitas de oro en vez de arena. Los habitáculos se convierten así en joyas muy apreciadas. Por lo tanto, existen en el arroyo Tafí orfebres no muy conocidos por la población que podrían cimentar el ejercicio de una joyería no convencional con amplia aceptación en el mercado internacional.

La pesca con mosca también trata de reproducir ninfas de efímeras. Las efímeras son quizá uno de los primeros insectos voladores en la historia de la vida. Abundan en el arroyo Tafí y presenciar su emergencia es un espectáculo visual maravilloso. Los adultos de efímerasviven un día, nada más que un día. En esa escueta ventana temporal no se alimentan, solo se reproducen. Para incrementar las probabilidades de encuentros entre machos y hembras, la emergencia coordinada y masiva es fundamental. Esas mangas de efímeras son verdaderas transferencias energéticas del medio acuático hacia el medio aéreo, y muchas aves insectívoras pueden dar fe de ello.

Élmido adulto (derecha) y conjunto apretado de quetas (izquierda) responsable de la formación del plastrón.
El grupo de insectos más especioso son los coleópteros o escarabajos. Tienen un primer par de alas endurecidas que se llaman élitros. Hay diferentes coleópteros acuáticos, y algunos no muy llamativos pero dignos de imitación para desarrollos tecnológicos. Esos actores que pasan inadvertidos son los élmidos. Tienen patas estilizadas y cuando caminan sobre la mano parecen moverse como un artista circense con zancos. Larvas y adultos viven en el agua y pueden alimentarse de algas y hojarasca. El adulto forma una lámina de aire o plastrón en el abdomen. Posee minúsculos pelos hidrófugos empaquetados en alta densidad. Una pequeña curvatura en el ápice de estos pelillos o quetas parece ser fundamental para conseguir la formación del plastrón. El plastrón intercambia gases con los gases disueltos en agua, por lo cual un descenso en la concentración de oxígeno del agua puede afectar seriamente a la población de élmidos.

Niños recolectando insectos en el arroyo Tafí, valiéndose a tal efecto de insumos mínimos como un colador de cocina.
En todo ecosistema podemos reconocer a un depredador máximo en la cadena trófica que subyace a la trama de conexiones. Ese depredador tope, en el caso del arroyo Tafí, es un insecto y nos subyuga por su apariencia feroz. Se trata del megalóptero. El adulto es conocido poéticamente como la mosca de las peñas. Sus larvas, en algunos lugares de la provincia, son llamados vulgarmente «patudos». Tiene buenos ojos, potente mandíbula y movimientos ágiles. Puede tragarse las presas enteras y es muy voraz. El sostenimiento de poblaciones viables de megalópteros requiere de una comunidad asentada de insectos acuáticos que le sirva de alimentos. Si los megalópteros (pueden alcanzar 5 cm) están ausentes puede ser señal de algún disfuncionamiento en el sistema acuático.

Visitar el río y entrenarse en el reconocimiento de su entomofauna es una actividad educativa trascendente. He realizado talleres de educación ambiental consistentes en el muestreo de insectos acuáticos para inferir la calidad ecológica de las aguas. El efecto en los asistentes es la de inducir un cambio de percepción del río, y las actitudes tendientes a su conservación son el tipo participativo/prevención en vez de la respuesta estereotipada de remediación. Los insectos acuáticos son una llave maestra para enamorarnos de nuestros cursos de agua. Arroyos como el Tafí, que drenan los bosques nublados de montaña neotropicales, son una paleta abigarrada de estrategias de vida que ameritan ser, primero cuidados por los beneficios enormes que nos proveen, y segundo estudiados por la cantidad de soluciones latentes a nuestros problemas que allí están y aguardan nuestra diligente consideración. 

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