Por Silvia Gómez, escritora-feninista: Hilda

Por Silvia Gómez, escritora-feninista. Nadie habla en el pueblo, el silencio vistió de luto las calles en este ardiente y caluroso enero.
Seguramente las villas veraniegas estarán desbordadas de gente que ríe, es feliz y expone sus rostros bronceados en las páginas de sociales de “la gaceta”, pero aquí el desconsuelo enmudeció la tarde y  lloran hasta los pájaros.

Su voz resuena, organiza, llama a la huelga, a apoyar a sus hombres, sus compañeros, sus vidas, sus hijos. Ella sabe que hay que resistir si se quiere sobrevivir en estas latitudes. No conoce otra vida ni otra forma de seguir el camino.
El gentío conoce de miserias y sabe que nadie regala nada, que el sudor que acompaña las noches y las infancias, va a  impregnar sus ropas siempre, y ese sudor será el que abrigará sus inviernos y sus estómagos.
 No hay metáforas que expresen el hambre.

Ella toma las calles, las casas, los caminos y se para, dialoga, recorre a diario cada hogar convenciendo a la gente (y en especial a las mujeres) que hay que salir, batallar, enfrentarse, que deben ser bastiones de sus compañeros en huelga.
Ella sabe que el pueblo- y muchos pueblos- comenzaron a morir cuando el cierre de los ingenios.
Piensa en sus hijos, en sus padres, en sus pieles tan curtidas por ese sol abrazador y despiadado que no diferencia viejos de niños y arroja sus rayos como lanzas, resecando la tierra y el caserío.
La tarde de enero enmudece.
Resuena un disparo. Y cae.

¿Alguien vio caer a Hilda ensangrentada?

 Hilda nació , vivió y pasó su infancia en este pueblo llamado como la virgen que cura los ojos , quizás, ( la devoción de la gente que reza y lucha a la vez) quiso se homenajear a la patrona de esas miradas para ver el paisaje tan tupido y hermoso que  rodea la localidad de Santa Lucía, en el interior del interior; un poblado que fue creciendo sin arquitecturas ni urbanismos a fines del siglo 19 y que,  fue comprado por familias de grandes recursos y apellidos ilustres , por lo que desde entonces  , esos poderosos pasaron a ser dueños , no solo de la tierra y los recursos, sino también de las vidas, infancias, lutos, nacimientos , risas y lamentos de todos sus pobladores.
En este pueblo y alrededor del ingenio ella fue creciendo, fue sobreviviendo entre el cañaveral, los machetes pelacañas, las lonas que a modo de sombreros  tapaban el sol y  también-como  las de su estirpe- aprendieron a hacer del surco, un lugar de encuentro, de crecimiento y de aprendizaje, recibiendo todo lo que la naturaleza podía depararles.
 Lejos de lejanas cortesías, aprendió a empuñar el machete como un arma para sobrevivir, pero también aprendió el sabor dulce de la caña de azúcar, del rio, del sonido del viento y de los pájaros.
 Aquí también aprendió a amar y usar ese amor como un escudo.
Después vino la crisis, esa que siempre pagan los mismos, la que  llegó con  despidos,  suspensiones y malestares varios. El pueblo entero expiraba mal humor, rabia y temor.  El rumor del cierre del ingenio ya era un hecho, comenzaron a retacear pagos y llover cesantías, las que  caían en las casas como goteras de una lluvia fuerte y oscura preanunciando un huracán.
Cada obrero que iba a la gran ciudad volvía con novedades, rumores oídos aquí y allá: que la situación era caótica, que el cierre era inminente, que no eran los únicos…
Ola de despidos surcaban la provincia. Resistir o morir, fue entonces, la consigna.
Organizarse, ollas populares, huelga, marchas, manifestaciones, lucha, eran las únicas palabras que se escuchaban en las casas, en las calles y hasta en cada lecho de amor.
Así comenzaba el 67.
La ruta que trazaba la resistencia era también esa ruta que unía a los pueblos del sur, y que, como un vaivén, también  conectaba al norte y el este por otros parajes perdidos del interior.
  La 38, la precaria ruta del sur está controlada, infectada de policías que reguardan el porvenir de los poderosos. La orden es no dejar pasar las manifestaciones que se dirigen como hormigas aguerridas al este, al pueblo de Bella vista, allí es donde se dirigirán los manifestantes, los parias, los obreros del surco. A decir no, a defender sus vidas y dignidades.
La ruta está controlada y la policía tiene la orden de disparar.  Pero la gente no necesita la ruta, ellos conocen los caminos, las sendas internas, vivieron sus infancias y juventudes en ellas, recorrieron bajo la luna esos senderos. ¿ Cómo no saber ahora partir y llegar a destino en silencio?
La noche, tímida y callada los ve pasar. El cañaveral ruge su despedida.
Y así, como un éxodo jujeño, como una peregrinación a la virgencita de Catamarca, como una fila larga e intensa de laboriosas hormigas, la mañana siguiente los encuentra junto a otras gentes, codo a codo, mirándose en los gestos de hermandad.
Recorrieron el camino durante la noche y en silencio, con su capitana adelante, con la euforia de saber por qué se llega y por qué se lucha. Saben que están rodeados, saben que los vigilan de cerca.
 Ellos, ellas, sin miedo, se encuentran, abrazan, hablan, vociferan, maduran sus próximos pasos.  Sin prisa, sin pausas.

12 de enero. Confusión y caos. Los poderosos no dejaran pasar tamaña insolencia.
 La aguerrida cae. Ahí, frente a sus hijos, sus hermanas, junto a ese convoy de mujeres que la acompaña, junto al amor de su vida,  junto a sus vecinas, las pelacañas de la infancia. Ella cae bajo el impacto de la bala.
La bala que surca su cabeza
La bala anónima  como ella
Ella, una más de las miles anónimas, de las que gritan y aúllan. Sonríen y aman
Ella, Hilda Guerrero
 Cae.
Para convertirse semilla de todas las lunas tucumanas.
(Silvia Gómez, del libro inédito “Anónimas, tucumanas guerreras con nombre y apellido”)

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