Primera Parte
Refiriendo
Comparto el pensamiento de Leonardo Boff expresado en su nota Volver a la Normalidad es Autocondena. Es Tiempo de Grandes Sueños, cuando dice:
“Volver a la anterior configuración del mundo, hegemonizado por el capitalismo neoliberal, incapaz de resolver sus contradicciones internas -y cuyo ADN es su voracidad por un crecimiento ilimitado a costa de la sobre explotación de la naturaleza y la indiferencia ante la pobreza y la miseria de la gran mayoría de la humanidad producida por ella-, es olvidar que dicha configuración está sacudiendo los cimientos ecológicos que sostienen toda la Vida en el planeta. Volver a la “normalidad” anterior (business as usual) sería prolongar una situación que podría implicar nuestra propia destrucción.
Si no hacemos una “conversión ecológica radical”, en palabras del Papa Francisco, la Tierra viva podrá reaccionar y contraatacar con virus aún más violentos, capaces de hacer desaparecer a la especie humana. Ésta no es una opinión meramente personal, sino la opinión de muchos biólogos, cosmólogos y ecologistas que están estudiando sistemáticamente la creciente degradación de los sistemas-Vida y del sistema-Tierra. Hace diez años (2010), como resultado de mis investigaciones en cosmología y en el nuevo paradigma ecológico, escribí el libro Cuidar la Tierra-Proteger la Vida: Cómo Evitar el Fin del Mundo(Dabar, México). Los pronósticos que adelantaba han sido confirmados plenamente por la situación actual”.
O cuando desde un plano más humano advierte:
“Cuando pase la pandemia del coronavirus no nos estará permitido volver a la “normalidad” anterior. Sería, en primer lugar, un desprecio a las miles de personas que han muerto asfixiadas por el virus, y una falta de solidaridad con sus familiares y amigos. En segundo lugar, sería la demostración de que no hemos aprendido el mensaje de lo que, más que una crisis, es un llamado urgente a cambiar nuestra forma de vivir en nuestra única Casa Común. Se trata de un llamamiento de la propia Tierra viva, ese superorganismo autorregulado del que somos su parte inteligente y consciente”.
Dudo que conformemos la parte inteligente y consciente del planeta si no cambiamos de actitud pedagógica, ideológica y política frente a lo acontecido, porque todavía son infructuosos los intentos de impulsar una “conversión ecológica radical” y de promover un contradiscurso alternativo, a fin de articular una “conversión pedagógica y cultural radical” frente al sacralizado statu quo impuesto por el modelo civilizatorio neo-neo (neoliberal y neoconservador).Pero lo interesante de Boff es que la dramática validez de su planteo, contiene una fuerte interpelación a los educadores. Un llamado con cierto dejo apocalíptico,en el cual nos invita a revisar nuestra práctica e -hilando más fino-, a preguntarnos hacia donde tendríamos que orientar el sentido de educar, dada la creciente incertidumbre de este horizonte pandémico.
Dicho en otras palabras, seguir hablando sesgadamente de cómo educar -en ausencia del otro-va camino a transformarse en una árida redundancia, sino sabemos para qué y a quienes educamos, en este contexto. Los significativos aportes de la galaxia de la imagen a la educación, como soporte electrónico y digital de un vínculo formativo esencialmente humano, ha llegado aun límite tecnológico e infraestructural- en lo que al sistema educativo respecta-,imposible de sobrepasar.
Por lo mismo, si algo tenemos que hacer los educadores (para actuar como una parte inteligente de la Tierra viva, según Boff), es reflexionar precisamente sobre nuestra práctica no en tiempos de pandemia (porque es lo reciente, lo desconocido e incierto), ni tampoco en sintonía catártica, sino en términos políticos y curriculares, tomando como eje de análisis esa “normalidad” bastante anormal en materia educativa, que nunca volverá. Punto de partida para comenzar a delinear pedagógicamente el porvenir. Y desde ese lugar, es fundamental preguntarnos: ¿qué enseñamos?, ¿para qué enseñamos?, ¿a quién enseñamos? y ¿cómo enseñamos?
Requiriendo
Dichos interrogantes que provienen de la Filosofía crítico-activa y espiritualista de la Educación, sintetizan -con enunciados sencillos- aquellas cuestiones elementales, fundantes e inherentes a cualquier proceso educativo.
I
El primero de ellos nos remite al Problema Epistemológico de la educación. Cuestión relacionada con los saberes organizadores del Curriculum y de los Contenidos a enseñar, que adquiere importancia estratégica en tanto su selección debe subordinarse al proceso de reconstrucción de un Estado-Nación soberano, autónomo y artífice de su propio destino en el marco fraterno de la Patria Grande. La cuestión esencial no sólo es educar para la democracia (ya que ésta es sólo un medio o sistema de gobierno y no un fin en sí mismo), sino para construir un proyecto histórico de Nación que recupere la Argentina para sus habitantes y la proyecte, auto-centrada y soberana, al incierto y turbulento futuro que nos espera.
Desde esta perspectiva temas como: la soberanía marítima, control y defensa de nuestra riqueza ictícola en nuestra plataforma continental; la soberanía territorial y el control de las tierras fiscales frente a la enajenación foránea, la cuestión agraria, la producción agrícolaganadera y la problemática ecológica y conservacionista de nuestro ambiente; el control y renacionalización de nuestros recursos naturales renovables y no-renovables, la explotación minera y re-nacionalización del subsuelo; así como el control y producción de combustibles estratégicos; la cuestión energética gasífera y petrolífera; la soberanía del espacio aéreo y comunicacional; el control, producción y preservación de nuestra riqueza acuífera y de las grandes represas; la revitalización de las economías regionales; la re-nacionalización y reconstrucción de servicios de transportes fundamentales como el Ferrocarril en toda su geografía, control de rutas nacionales, fluviales y grandes puertos, reconstrucción de la flota aérea y marítima con sus astilleros; la producción autónoma de ciencia y tecnología en áreas estratégicas y el desarrollo de programas de tecnologías tradicionales y alternativas. Como así también el problema ecológico-ambiental de nuestro territorio; la cuestión de la deuda externa, el control de la banca y la re-estatización del sistema financiero, el comercio exterior y la fuga de capitales, -entre otros- y sin que la lista se agote, son insoslayables a la hora de re-pensar en la fuentes inspiradoras de saberes significativos del Curriculum formal, a efectos de diseñar Planes de Estudios enraizados en núcleos de saberes y centros de interés fundamentales para la reconstrucción nacional, luego de que el latrocinio macrista enajenara moral y materialmente la nación. En esencia, se trata de discutir si estamos dispuestos a educar para construir un país viable e inclusivo, o aceptamos vivir recolonizados. Además, sería el modo de promover la reconstrucción de la identidad nacional, así como nuestro sentido de pertenencia al país, a sus ancestros y a la Patria, entendida como la “tierra de nuestros mayores”.
II
Partiendo desde este lugar, un segundo momento de análisis y revisión de la práctica docente nos conduce a otro interrogante: ¿para qué enseñamos? ¿Cuál es su finalidad trascendente? o Problema Teleológico de la educación.
Y como tampoco es algo abstracto ni descontextualizado, nos remite a Paulo Freire quien al preguntarse: ¿Qué es la Educación?, retóricamente afirmaba: “Es acción y reflexión del hombre sobre el mundo, para transformarlo”. En otras palabras para nosotros los docentes de latitudes marginales, su sentido trascendente implica re-conocer el mundo que habitamos para desvelarlo, des-cubrirlo y des-alienarnos. Pero como reconocerlo no basta, es necesario desarrollar una acción cultural, intelectual y pedagógica con nuestros alumnos, para resistir y rebelarnos contra ese orden desigual e injusto con el que convivimos desde 1492. Por lo tanto, para Freire, dicho sentido es profundamente emancipador.
Sobre todo si somos capaces de esforzarnos para construir una praxis participativa, reflexiva, igualitaria y situada en la contradicción liberación o dependencia. Acción pedagógica cuyo doble propósito es develar los significados ocultos de esa realidad, penetrada de colonialismo, racismo, esclavismo, latifundismo, discriminación, patriarcalismo, autoritarismo, explotación de nuestras culturas originarias y opresión a nuestras mujeres; esencia de nuestro sometimiento material y espiritual al eurocentrismo hispano-anglo-norteamericano y a su continuidad neoneo, por un lado. Y, por otro, al dotarse de profundo contenido político transformador, se constituya en vector del pensamiento divergente, creando tensiones y generando contradicciones que cuestionen el statu quo dominante.
Requisitos fundamentales para liberar las conciencias oprimidas, despojándolas de atavismos, prejuicios, creencias, tergiversaciones históricas, falsedades mediáticas y sentidos comunes reaccionarios, implantados por el despectivo lenguaje del amo. Solo actuando dialógica y pedagógicamente con el otro, estaremos habilitados para librar la batalla cultural contra los poderes fácticos y simbólicos que nos estrangulan, desenmascarando las claves de nuestro atraso semi-colonial. Y sólo así podremos recuperar nuestra autonomía y potencialidad como educadores, transformándola en un acto patriótico al servicio de la nación, de nuestro pueblo y de los más vulnerables. Sintetizar el sentido trascendente de la educación implica recordar al Padre de la Patria, cuando en 1819 les decía a sus soldados: “Seamos libres, y lo demás no importa nada…”.
III
De lo expuesto, se deduce el tercer interrogante: ¿a quién educar? o Problema Antropológico de la educación. Cuestión que nos ubica en ese vínculo humano tan particular, conocido como la relación pedagógica (o relación docente-alumno), que define las pautas orientadoras del sujeto a formar. Como es sabido, dicha relación es el único vínculo social y humano mediado por el conocimiento y contextualizado por la Escuela. Ergo, nos ubica nuevamente en el núcleo duro del proceso educativo: los Contenidos. Desde este lugar, la necesidad histórica del presente, más allá de apoyar la denodada tarea de nuestro gobierno para que el Sistema Educativo Nacional funcione en todos sus niveles es: repensar y debatir seriamente una pedagogía post-pandemia. ¿Y por qué lo haríamos?
Porque tenemos que enfrentar cultural y pedagógicamente la creciente ola lavadora de cerebros y castradora de imaginación, cuyo propósito es formar individuos egocéntricos, hedonistas, consumistas, deshumanizados, analfabetos funcionales y prisioneros de los sentidos comunes más nefastos. Atrapados por instintos primarios, machistas e irreflexivos donde la violencia (material y simbólica) no sólo les castra la palabra, sino que los transforma en autómatas de un neo-conductismo propio de la era del despojo.
Para manipular este humanoide desconectado de su propia realidad y amamantado desde su más tierna infancia con la pseudo-información viralizada por las corporaciones mediáticas durante las 24 horas; no sólo se requiere de una “pedagogía” orientada a la creación de conciencias anti-solidarias, racistas, prejuiciosas y competitivas, penetradas de negaciones ideológicas y marcadas por la meritocracia, la “iniciativa propia”, el “esfuerzo personal”, el “cuentapropismo” y el desprecio por lo colectivo -donde el otro, lejos de ser un próximo prójimo como decía Benedetti-, es el rival a eliminar. Para esto, decía, es fundamental destruir del Sistema Educativo Nacional, centralizado público, estatal e irrestricto, creado por el roquismo a fines del siglo XIX.
En otras palabras, para formatear la conciencia de niños, adolescentes y jóvenes marcados por la soledad existencial, el desamparo afectivo, el primitivismo intelectual, la ausencia de utopías, de pensamiento crítico y de una conciencia autónoma nacional y latinoamericana, es necesario suprimir -sostienen los profetas del odio- la educación pública y la enseñanza de las relaciones humanas sobre-determinadas por su contexto, como así también las interacciones históricas, sociales, culturales, estructurales e intelectuales, basadas en la desigualdad de clase y género, que dolorosamente atraviesan el pasado y este presente dependiente, así como el futuro inescrutable de los seres humanos que habitamos este lado del mundo.
Esto es lo que sabemos y de ningún modo queremos como futuro de nuestra educación. Y como tampoco existe una receta (sino más bien aproximaciones) para delinear el perfil del sujeto a educar a estos tiempos, nos desplacemos al cómo educar.
San Miguel de Tucumán, 09 de Agosto de 2020
![]() |
| Más que docentes, tenemos que ser agentes culturales y predicadores de un nuevo tiempo |




0 Comentarios