En el universo Netflix es imposible el zapping: toda la artillería se despliega para atrapar a los espectadores a tiempo completo y toda la historia de un tirón. La temporalidad del primer capítulo es para siempre el presente continuo de una historia sostenida en la continuidad. Duele el final y hay que considerar el trabajo del duelo hasta caer en la nueva historia.
Las series se eligen con partículas inscriptas en relatos mayores. Una moderna biblioteca de cuentos entre la tecnología de las plataformas y el carácter anacrónico de la elección. El catálogo integra series tejidas de relaciones simbólicas. Las recomendaciones se actualizan con modos, pronombres, sintagmas y situaciones narrativas determinadas. Los sentidos que se intercambian dialogan con una idea de matrices productoras del texto tal como las imaginó Josefina Ludmer en 1977 para pensar los procesos de construcción del relato en los universos narrativos de Juan Carlos Onetti. Las estructuras fundacionales de una ficción no coinciden con lo dado de antemano; no se anticipan ni se captan de un modo inmediato: hay que reconstruirlas en el devenir del texto y asignarles funciones en una bitácora de la lectura.
“A nadie le gusta pensar que cabe en un molde”. La quinta temporada de la serie Mad Men comienza en 1966 con el relato de una escena de violencia: unos publicistas echan agua hervida sobre un grupo de manifestantes que marchan en favor de los derechos civiles de las minorías. La lógica del capitalismo en la escala de una agencia y avenida Madison. La vida secreta, el relato imposible, el whisky a toda hora, el humo de los cigarrillos, los bares del after office y los ajuares cosmopolitas configuran la teatralidad masculina de los personajes alrededor de Don Drapper.
Las mujeres disputan su lugar en este mundo entre los moldes que las nombran: Marilyns o Jackies: Peggy, Joan, Megan y Betty organizan sus luchas cotidianas entre muchos fracasos y algunas victorias sobre la lógica del género. Don Drapper es el publicista que cuenta el cuento al final de cada capítulo; el autor completa el contexto con la canción, emblema de cierre y apertura. Me gusta imaginar que la historia puede recomenzar en el próximo ascensor entre la vida narrada y la próxima campaña de ventas. Pero no vamos a hablar de Manhattan y sus publicistas. Vamos a conversar sobre la ficción del sí mismo y de sus otros incompletos. Juegos secretos, los trucos del as de espadas y de eso que hay entre el cero y el uno.
¿Cuál es el límite de una lectura? ¿Hasta dónde hay que ir en la interpretación de lo que se lee? Todo gran texto inscribe las condiciones de su aparición, pero, su gran sistema ficticio es, además, un dispositivo múltiple y complejo que excede la materialidad de sus coordenadas reales. Incluso instala su contradicción: el texto está dicho en nosotros, aunque no hayamos experimentado su lectura. Hablo de los relatos maestros, esos que instalan las alegorías que nos explican o las pastorales que nos constituyen.
La cuestión de los protocolos y sus posibles fugas no deja de fascinarme. El problema es que la historia no es ecuánime: las lecturas que sobreviven suelen ser las que forman o se incorporan al sentido común; las otras, las abusivas, tienden a olvidarse, relegadas al status de alardes o excentricidades. En el oficio de los narradores, hay lecturas que nunca fallan en la fascinación del auditorio: ponen las cosas en su lugar, reponen la porción que falta y construyen una política para habitarla. Hay otras que sacuden justamente por el efecto inverso, porque desubican lo que estaba en un lugar protegido por cualquiera de las identidades binarias. Como si leer bien fuera acertar. Supongamos que sí, pero ¿acertar a qué? ¿En el centro de qué blanco dan las lecturas que se jactar de poner la bala donde ponen el ojo? Algo que nace, se hace y se deshace en el encuentro entre un texto y un deseo de leer. Siempre el sentido se escribe en los cabos sueltos, en lo que queda en la memoria. Las lecturas son múltiples, van dispersas y arman cadenas particulares en la trayectoria de cada lector.
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de agras diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.” (Cien años de soledad, 13)
Gabriel García Márquez instala en el año 1967 una narración que habla de las estirpes condenadas al olvido. Las unidades narrativas de Cien años de soledad mantienen analogías notables con las del mito: el nacimiento de Edipo, el abandono de sus padres, la adopción por parte de los reyes de Corintio, el descubrimiento de que no es hijo de esa pareja de padres, su viaje a Tebas huyendo de la predicción del oráculo, el parricidio, la resolución del enigma que le propone la Esfinge, el incesto, el trabajo por el cual llega a descubrir su verdadero origen, su culpa, el castigo y la condena a la estirpe.
El incesto prohibido en Cien años de soledad, el que de hecho no se puede realizar, es el coito entre madre e hijo. Lo prohibido es lo ilegible, lo que no llegó a ser escrito. Pero esta es una lectura de su tiempo en clave del estructuralismo y las lógicas de los lazos de sangre y filiación que organizan un sistema de lectura. Hay otros modos posibles frente al pelotón de fusilamiento: un modo menor para contar la historia misma, y fundamentalmente, lo modos para recordarla. El hielo se asocia con la fundación de Macondo. Marca el inicio de la ficción en el recuerdo de una tarde, del padre y del acceso al mundo de los conocimientos complejos. Recordar, repetir, y atesorar en un daguerrotipo Cien años… puede leerse como una gran máquina de la memoria, como una extraordinaria maniobra para recuperar el tiempo y escribir los sentidos de las palabras cuando la memoria está en fuga. Rememorar, en el nombre del padre los oficios y los cuidados de la madre.
“Años después, en su lecho de agonía, Aureliano Segundo había de recordar la lluviosa tarde de junio en que entró en el dormitorio a conocer a su primer hijo. Aunque era lánguido y llorón, sin ningún rasgo de un Buendía, no tuvo que pensar dos veces para ponerle nombre. -Se llamará José Arcadio, dijo”. (Cien años de soledad, 182)
En 1975 el universo de las filiaciones múltiples de Cien años … deviene en patriarca con otoño y dictaduras. La pastoral de la función paterna deviene en el patriarcado decadente. Un tirano sin hijos se convierte en el opresor de su pueblo. La figura de Bendición Alvarado ocupa el lugar de la madre, una hipérbole invertida de la Úrsula, protectora de la estirpe a cargo de la prohibición del incesto.
“Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. (El otoño del patriarca, 5) (…) La segunda vez que lo encontraron carcomido por los gallinazos en la misma oficina, con la misma ropa y en la misma posición, ninguno de nosotros era bastante viejo como para recordar lo que ocurrió la primera vez, pero sabíamos que ninguna evidencia de su muerte era terminante, pues siempre había otra verdad detrás de la verdad. (El otoño del patriarca, 47)
La musicalidad de Macondo se oscurece en la figura del dictador. Hay un modo narrativo de pensar las estructuras de pares enfrentados a su decadencia en una realidad instituida por la ficción misma. La memoria del relato del padre de Cien años… se modifica en El otoño…. cambia de acento y de guardarropía. La unidad funcional del “militarismo” en la visión temprana del fusilamiento es quizás la más indicada para organizar la secuencia de los generales de García Márquez como varones enloquecidos que salen a la guerra en un doblez memorioso de manuscritos y un gitano Melquíades a cargo de las claves.
Vuelvo a los cuentos de Netflix. En el capítulo 13 de la primera temporada de Mad Men, Don Drapper define la tecnología como un atractivo reluciente. Pero hay raras ocasiones en las que el público se compromete con un nivel más alto de brillo si tiene un vínculo sentimental con el producto. El patriarca de Netflix recuerda su primer empleo como vendedor de pieles. Había un viejo redactor profesional griego, Teddy, que le dijo que la idea central en publicidad es la novedad: crea una comezón, coloca su producto ahí, como una loción calmante. También hablaron de un crear vínculo sentimental con el producto: la nostalgia. Es delicado, pero potente. En griego, nostalgia significa el dolor de una vieja herida, dice Don. Es una puntada en el corazón. Mucho más poderosa que la propia memoria. Más intenso que un recuerdo. Este aparato no es una nave espacial sino una máquina del tiempo. Va hacia atrás y hacia adelante. Nos lleva a lugares donde nos duele ir de nuevo. Nos lleva al momento al que deseamos regresar. No se llama la rueda. Se llama el carrusel. Nos permite viajar, como lo hace un niño dice Drapper, dar vueltas y vueltas y volver a casa. Un modo traumático de los modos violentos en la infancia y la configuración de un lado oscuro en el presente. La fantasmática del pasado se mezcla con la mirada del sí mismo espejada en su hijo. Una madre que demanda el castigo y un padre que instala la ternura en donde lo femenino inscribe debilidad.
El giro acontece cuando la contadora del cuento es una madre. El cuarto propio de la lectura, en el que todo acontece a la vez, permite cambiar el escenario y también de biblioteca hacia una Distancia de rescate: es espacio variable que separa a una madre de su hija en la narración de Samanta Schweblin escrita en el año 2014. Frente a las totalidades, el punto exacto de la mirada se ubica en el detalle, sólo perceptible para el observador que puede entenderse con su pasado.
“Ella asiente y vuelve a mirarse las manos sobre el volante. Me muevo, preparándome para salir del coche, pero ella no amaga a seguirme. Dudo un monto en el que no pasa nada, y ahora, realmente me preocupo por Nina. Cómo puedo medir mi distancia de rescate si no sé dónde está. Salgo y camino hacia la casa. Hay algo de brisa (…) “Te llamó “monstruo”, y me quedé pensando también en eso. Debe ser muy triste ser lo que sos ahora y que además tu madre te llame “monstruo”. (Distancia de rescate, 35)
Los libros asedian a sus lectores y su musicalidad desafía cada una de las colecciones que se construyen en alguna mochila o se olvidan en la mesa de luz de la cuarentena. Entre las horas al revés las pantallas giran entre el amor, los autores, sus editores y la voluntad cotidiana de contar el cuento de las estirpes condenadas al olvido. Aquí va lista con sus secretos arcanos de la soledad y los modos de leer cuando se deja de lado el oficio y la letra se vuelve puro disfrute.
Amélie Nothomb habla de una categoría nueva: La nostalgia feliz en donde “Todo lo que amamos se convierte en una ficción”. Sumo entonces el carrusel de Don Drapper y el detalle monstruoso de Schweblin para organizar una distancia de rescate de las ficciones patriarcales en el intento de imaginar una lógica más allá del funcionalismo de lo binario. Que sea de paternidad y maternidad a la vez. Máquina de memoria con funciones diversas, intercambiables, como los instrumentos de lectura. Un dispositivo móvil para la nostalgia feliz, ese momento “en el que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura”, abre la puerta para ir a jugar en un mundo de libros donde la casa es cuento y el cuento deviene en plataformas a distancia remota.
Imagino una relación cotidiana entre los lectores curiosos y los maestros apasionados que se mezcla con experiencias lejanas en un territorio casi olvidado: el ocio. Un arte de vagar entre los títulos que quedaron pendientes entre las clases y la escritura de los informes. Leer porque sí, leer sin mandatos y el puro disfrute. Leer sin nación y sin fronteras. Madrugada que se convierte en amanecer de ojos abiertos. Sin ese gesto vital y apasionado en la contraescena, el patriarcado se remplaza por su doblez en matriarcado: Úrsula o Bendición; Los Buendías o su patriarca de otoños y gallinazos. Quizás sea cuestión de tomar la ficción propia y salir de la casa cotidiana sin abrir la misma puerta. Contar el cuento de la salida para dar vueltas en una calesita.


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