Por Sara Mrad. Hoy yo quería hablar de la esperanza, de ese estado de ánimo optimista, inquieto, que nos hace sentir la posibilidad de aquello que aspiramos. Quería hablar de esa existencia inmaterial que incorregible respira, insistente, con nosotros.
Quería hablar de esa esperanza, irreductible, porfiada, intangible, que con sus virtudes, con sus defectos, con sus integridades, con sus brillos hace que el camino de nuestras vidas, con sus altibajos, con sus peripecias, con sus circunstancias, con sus perspectivas, uno pudiera recorrerlo de la mejor manera posible, atesorando los momentos positivos y felices, y recordando los negativos y dolorosos sólo como experiencias de aprendizaje y crecimiento.
De esa esperanza, que por ser un estado de ánimo es intangible, imperceptible, es como un ser inmaterial que, sin embargo, logra corporizarse cuando se trata de la memoria para convertirse en la energía que enciende el motor en el devenir de la historia de los pueblos.
La vimos hace 75 años un 17 de octubre, y la vimos este 17 de octubre transitando lealtades con un pueblo movilizado, la vimos desplegando el amor insurrecto en las caravanas, la vimos develando alegrías de corazones solidarios porque los pueblos no albergan en sus entrañas la fragilidad y la banalidad de la vida porque están alimentados por los derechos colectivos que engrandecen a la Patria.
A pesar del dolor, de la tragedia, del avasallamiento, de los intentos perseverantes de atropello y de impunidad, la vimos descendiendo de los altos, desde el Norte, cuando el pueblo hermano de Bolivia logró arrebatar su destino de las garras golpistas, empobrecedoras y asesinas, sellando el triunfo de un pueblo aguerrido que no cedió en sus convicciones.
Sí, quiero hablar de la esperanza, a pesar del dolor social que nos atraviesa, porque ella abre sus alas, nos abraza, para que nuestra militancia no se desvanezca, para seamos firmes y capaces de enfrentarnos a los funcionarios ineptos y vacíos, que nos gobiernan en nuestra provincia, porque no supieron o no quisieron desarrollar la contención social imprescindible para una población sumida en la pobreza, en el desempleo, en la indigencia, en la marginalidad, como una forma concreta y eficiente de prevenir hechos atroces y violentos.
Así somos las Madres. Aunque a cada paso sintamos que el alma se nos desgarra de a pedacitos, aunque el dolor nos estremezca hasta los huesos, nos abrazamos a Nuestros Hijos y a Nuestras Hijas en ese pañuelo esperanzado y rebelde, y nos dedicaremos hasta el último aliento a combatir la injusticia, porque la única "lucha que se pierde es la que se abandona".


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