Por Sara Mrad. Ante determinadas circunstancias, hay algunas medidas o decisiones que los funcionarios con sensibilidad social deben tomar con rapidez, con premura. Decidir y dar la orden para que sean cumplidas sin demora.
Uno piensa que esas decisiones que deben tomarse con la rapidez necesaria, diría imprescindible, son aquellas que afectan y que producen deterioro en la vida de la población, por ejemplo el flagelo del hambre, de la pobreza, la miseria profunda que habita en los barrios, la falta de educación, la imposibilidad del acceso a la salud, la imposibilidad de tener una vivienda digna y tantas otras que, de verdad se hace imprescindible que los funcionarios se apresten y se esmeren para dar soluciones rápidas para quienes más lo necesitan.
De verdad que aplaudimos a esos funcionarios de decisiones rápidas y eficaces. Pero no es ese el caso al que me quiero referir.
Ayer, a tempranas horas de la mañana, apenas el sol asomaba dando la bienvenida a los primeros transeúntes que se aprestaban a cumplir con su jornada laboral, al desplazarse por Plaza de Mayo se encontraron con los trabajadores de la CABA presurosos en cumplir con una orden que no nació precisamente de la más profunda sensibilidad social, ni de la inquietante preocupación por los avatares dramáticos que sufren los más necesitados, orden que nació del odio visceral que recorre por las venas de los que pretenden pueblos obsecuentes, dominados y sometidos.
Rodríguez Larreta, imperativo, dio la orden y con toda rapidez se abocaron a la tarea de borrar el mural con la figura de Néstor Kirchner. La imagen amada e iluminada de un Néstor sonriente que no tuvo la posibilidad de mantenerse ni siquiera por 24 horas y que fuera pintada con inmenso amor por las manos del pueblo.
La urgencia era borrar la imagen. La urgencia era evitar que esa imagen permaneciera en ese espacio público. En realidad, en la orden autoritaria y exigente, la urgencia es otra: evitar la permanencia de la huella que dejara Néstor Kirchner con su partida, esa huella profunda y definida que dejara ese "hombre común" , al decir de Fernando Borroni, ese hombre común que con atrevimiento y audacia decidió enfrentar a los poderes económicos, ese hombre común, desordenado, desalineado, genuino, que supo ganarse el respeto de las mayorías y el amor del pueblo cuando con arrogancia y decisión anuló las leyes de impunidad, lo que permitió que se realizaran los juicios de los que con verdadera saña cometieron crímenes horrorosos y aberrantes. Ese hombre impredecible y coherente, con sus aciertos, con sus errores, con sus virtudes y con sus defectos, al que las Madres tuvimos que pedir disculpas por habernos apresurado a definirlo como "una mierda, como todos".
Ese hombre común que supo aprovechar el tiempo que le dio la vida y la historia, tal como lo expresara Susana Rinaldi.
La inquina maloliente y desaforada de la oligarquía, fervientes representantes del neoliberalismo insistentemente perverso, pretenderá borrar el tiempo que le dio historia a un presidente que nos sorprendió a todos y a todas, sin embargo, en un pueblo apuñalado y sangrante por represiones, por desapariciones, y por la tortura colectiva del hambre y la miseria impuesta, la huella de Néstor Kirchner será el grito insistente de resistencia y organización de un pueblo obstinado que se niega a vivir en la intemperie neoliberal. Pero sobre todas las cosas será el grito que interpele las decisiones de un gobierno, que si bien definió acciones de protección hacia los más necesitados, se manifiesta temeroso y sin poder fortalecer sus proyectos porque aún no estrechó, ni consolidó, vínculos con las bases populares que lo sustentan.
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