Más de Veintemil | Por Federico Lorenz


“Para nosotros, vivir en paz es normal. Quizás nos faltará siempre algo: una prueba compartida que daría a nuestra vida su valor. La enfermedad aísla. Solo la guerra reúne”, dice en Contemplar el océano Domique Ané. Sería lamentable que la realidad le diera la razón a una idea como esta. Pero a la vez, algunas constataciones llevan a pensar que quizás tenga razón.

A casi medio año de aislamiento en Argentina tenemos más de veinte mil muertos víctimas de  la pandemia. Significan mucho y nada a la vez. Mucho, cuando encarnan en historias de personas que conocemos (un compañero, un estudiante, un familiar); nada, cuando son un número en un informe al final del día, de los que nos bombardean a diario entre noticias o crónicas de distinta intensidad y rigurosidad. Deberían espantarnos también, pero el anonimato es parte del mecanismo de embotamiento social. En ese estado, solo cada tanto se destaca algún fallecido: una médica, un enfermero, un artista. 

Veinte mil muertos. Prácticamente cada uno de nosotros tiene una persona cercana contagiada.  Nos angustia que nuestra vida se vea limitada; es comprensible que nos sintamos así. Pero es injustificable que ese sentimiento sea el que organice nuestras acciones: es una conducta anti comunitaria y suicida en términos sociales. Se acumulan las noticias sobre los contagios y traen resonancias a los años de la dictadura militar argentina. Se contagió, murió: “cayó”, “perdió”. Para avisar de la caída de una casa operativa o un militante, un pie telefónico anónimo decía que tal o cual señora “estaba enferma”. Una trampa era una cita “envenenada”. Fueron años de aislamiento y  auto preservación, de autodisciplina en las que iba la vida, pero también de muchísima e imprescindible solidaridad. En el extremo opuesto, han hablado de “infectadura”, apelando de la peor manera a la memoria colectiva de los argentinos, para trazar una analogía entre los intentos estatales por reforzar las disposiciones acerca del aislamiento y el cuidado colectivo para salvar vidas de compatriotas, y un estado terrorista que se consagró a exterminarlas. 

Quizá no sea desacertado pensar lo que vivimos en clave de metáforas bélicas, porque tenemos una mayor propensión, tal vez inconsciente, a que la apelación a ese repertorio simbólico nos conmueva. Sí, es una guerra contra un virus que nos agrede, nos enferma, y nos mata. Que las discusiones de la dirigencia política y económica de nuestro país no estén muchas veces a la altura de esa amenaza, no debe distraernos de que es una lucha entre la vida y la muerte. Por eso también es una guerra contra nosotros mismos, contra una forma de pensar individualista y que durante muchos años ha consolidado una sociedad que relega al otro. Los que se molestan por esas comparaciones desconocen hasta qué punto su relación con el pasado ha sido construido en clave épico – militar. Los invito a recorrer, mentalmente, o por internet, los nombres de las principales avenidas y plazas de la ciudad argentina que se les ocurra. Militares y batallas dominan el escenario de la memoria. 

En la retórica bélica, una de las figuras recurrentes es la de la falta de reconocimiento a los soldados anónimos. “Solo se recuerda a los generales”. A lo sumo, los muertos tienen sus monumentos, y bienvenidos sean en su memoria. Pero ¿quién recordará, más que sus deudos, a los diez mil argentinos que ya no están, y a los que aún caerán? ¿Dónde el reconocimiento –ya ni siquiera aplaudimos- a servidores públicos que nos cuidan a todos, desde los hospitales hasta las calles, para llegar a las casas convertidas en aulas? ¿Cuánto deberá cambiar nuestra mentalidad hasta descubrir verdaderamente la profundidad del sacrificio de muchos compatriotas por todos nosotros? Más aún, ¿cuánto tardaremos en terminar de asumir que este es un flagelo colectivo?

Veinte mil muertos. Casi treinta y una guerras de Malvinas; Más de diez veces los asesinados en el criminal bombardeo de Guernica; un tercio de los muertos civiles italianos durante la Segunda Guerra Mundial; un cuarto de Hiroshima; veinticinco batallas de Maipú (desde el punto de vista patriota). Podemos pensar el esfuerzo, la amenaza, la mortandad, en términos bélicos. No son lo mismo, desde ya. Pero muchas de las sensaciones que produce el aislamiento son propias de una época de violencia generalizada, y especíificas de una forma de la guerra: el asedio. Un enemigo rodea los muros de la ciudad, nos impide salir de nuestras casas; no podemos salir de nuestras casas sin exponernos al peligro (como los ingleses durante el Blitz, por ejemplo). La virtualidad, para quienes nos beneficiamos de ella, ofrece paliativos al aislamiento: no estamos incomunicados, no nos asomamos todos los días a algún muro aguardando la llegada de los mensajeros que anuncian que las tropas enemigas han levantado sus empalizadas, sus manteletes, porque han desistido de su voluntad de dominarnos.

Hemos resistido. Hasta ahora.  

Los muertos argentinos son más de veinte mil. El país está incomunicado, una crisis social y económica bullente se cuece bajo la pandemia. El embotamiento del encierro nos encontrará cansados, agobiados para afrontarla en sus consecuencias. Como en toda situación de crisis, muchos han medrado con la postración colectiva, y hay quien todavía pone en duda la necesidad de un estado presente y protector. Porque la virtualidad, así como nos permite aliviar los efectos del aislamiento, ha logrado también mantener una falsa normalidad que entre otras cosas, permitió el avance sobre los derechos laborales, la sobre explotación de algunos actores (docentes, empleados precarizados, por ejemplo). La aparente suspensión del tiempo no significa que se haya detenido la explotación ni frenado el aumento de la desigualdad. 

Estamos cansados y agobiados, incapacitados de ver a quienes cargan con un peso mayor que nosotros sobre sus espaldas. No han tomado una ciudad, defendido una frontera, retenido un bastión: salvan vidas en el hospital, mantienen el vínculo pedagógico, recogen los residuos, entregan los pedidos que hemos hecho con un simple clic, atienden los comedores populares… Entierra, como a escondidas, a los muertos de la pandemia. A nuestros muertos. Increíblemente, no estamos preparados para verlos, mucho menos para reconocerlos. Es más difícil, entonces, acompañarlos en su esfuerzo. 

Por eso es que entender lo que vivimos como una guerra, con todo lo riesgoso que tiene la metáfora, tal vez facilitaría algunas cosas. Un discurso sin fisuras que convoque al esfuerzo colectivo y reivindique la resistencia común, que permita señalar y condenar las conductas poco solidarias, con fines pedagógicos antes que punitivos pero con capacidad de sancionar las conductas antisociales. Una guerra con características diferentes a las que nos educaron a tantas generaciones: una guerra con héroes cívicos que hoy por hoy tienen los sueldos más bajos del sistema. Héroes cívicos, y no militares, habla de otro tipo de sociedad. Esa transición solo se hace procesando lo aprendido, transformándolo en otra cosa, sin desestimar esa potencia, ni dejarla a disposición de actores económicos y políticos que aún en este contexto extraordinario hacen las cosas para mantener una sociedad injusta y excluyente, o consolidar proyectos que no por electorales dejan de ser autoritarios. 

Veinte mil muertos son veinte mil víctimas de la pandemia y también sociales. Un país empobrecido lo único que puede hacer es ganar tiempo y reforzar sus lazos comunitarios. 

En tren de metáforas bélicas, volvamos a los asedios. Hay un punto crítico, que es cuando flaquea la voluntad de los de los defensores, o cuando el adversario, mediante alguna artimaña, logra romper las murallas de la ciudad. El ejemplo más célebre, sin duda, es el de la guerra entre aqueos y troyanos.

Que nuestro cansancio no sea un caballo de Troya. El incumplimiento egoísta de las normas más básicas de cuidado por cansancio, por deseos postergados, es la destrucción de la ciudad, lo común. 

Veinte mil muertos quieren decir mucho y nada a la vez. Depende de saber leer las señales, de entender la virtud de la paciencia. “Deja que los enemigos se fatiguen, espera a que estén en desorden o se sientan muy inseguros; podrás salir entonces y hacer sobre ellos con ventaja”. Lo escribió hace unos 2500 años Sun Tzu, un general chino que los estudiosos del marketing han adaptado al estudio de los negocios, pero que produjo un texto formidable sobre el arte de la guerra. En esa frase, ¿quién es el virus, quiénes los seres humanos? El descuido, el egoísmo y la desaprensión son debilidades frente a un enemigo implacable porque no razona: tiene la inflexibilidad de la naturaleza, y hace lo que tiene que hacer, contagiar y matar. 

Veinte mil muertos son muchos. Pueden ser muchos más, depende aún de nuestra conducta.

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