Título: Crímenes de familia. Duración 99 min. País: Argentina Dirección: Sebastián Schindel. Guion: Sebastián Schindel, Pablo Del Teso. Música: Sebastián Escofet. Fotografía: Julián Apezteguia. Reparto: Cecilia Roth, Miguel Ángel Solá, Yanina Ávila, Benjamín Amadeo, Sofía Gala Castiglione, Paola Barrientos, Diego Cremonesi, Marcelo Subiotto, Claudio Martínez Bel, Santiago Ávila, Marcelo D'Andrea. Productora: Buffalo Films, Magoya Films, INCAA, Directv, Tieless Media. Distribuida por Netflix
Historia de dos juicios, extraídos de sendos casos reales, y de tres madres cuyas vidas se entrelazan, la tercera película ficcional del director de El patrón, radiografía de un crimen (2014) y El hijo (2019) por vía del drama familiar incursiona en un sub-género para nada habitual en la cinematografía argentina: el thriller judicial.
En su espacioso departamento de clase media alta, transcurre la vida de Alicia (Cecilia Roth) junto con su marido (Miguel Ángel Solá), desestabilizada por el proceso a su hijo (Benjamín Amadeo) acusado de agresiones contra su ex esposa, Marcela (Sofía Gala Castiglioni), y luego sacudida por un suceso estremecedor que involucra a su empleada doméstica, Gladys (Yanina Ávila).
Sobre los cimientos de una trama compleja orquestada en dos planos temporales, la narración tiene sus pilares en la solidez de las actuaciones y el pulimiento de la puesta en escena, con voluntad de denuncia a las formas de violencia de género, la corrupción institucional y las desigualdades clasistas. No obstante, a pesar de sus cualidades e intenciones de crítica social, el film tropieza con un desenlace discordante, pero también con el cuestionable tratamiento del personaje de Gladys restringido a su rol de pieza en la dura orfebrería narrativa.
El silencio monolítico de esta trabajadora doméstica –con fisonomía de etnia nativa, un leve retraso madurativo y una recóndita tragedia personal- hace pensar en el célebre artículo de la filósofa feminista postcolonial G. Ch. Spivak "¿Puede hablar el sujeto subalterno?". Allí la autora plantea este interrogante: "¿Puede realmente hablar el individuo subalterno haciendo emerger su voz desde la otra orilla, inmerso en la división internacional del trabajo promovida en la sociedad capitalista...?" Y agrega luego: "En este contexto (la construcción de un discurso subalterno), la cuestión de la 'mujer' parece especialmente problemática: si es pobre, negra y mujer, la subalternidad aparece por triplicado".
Ciertamente, siempre desde una formación discursiva hegemónica hay alguien hablando de esa alteridad subalterna o hablando en su nombre, diciéndola dentro de los moldes de esa particular violencia simbólica que es la violencia epistémica (donde "episteme" es el criterio que distingue aquello que no cabe dentro del saber institucional científico), un decir al otro cuya problemática se complica aún más -tal como señala Spivak- cuando se trata de una otredad "mujer, pobre, negra (o indígena)".
En su crítica a esa episteme, y en la revisión posterior a su propio artículo, Spivak hace un llamado a escuchar a esa otredad, porque los subalternos hablan todo el tiempo, pero nosotros movidos por nuestra voluntad vanguardista o progresista, no tenemos la capacidad para entenderlos o para abrir auténticos espacios de visibilización y audibilidad, lo cual nos conduce a otra cuestión espinosa: cuánto de convergencia y divergencia hay entre las condiciones de subalternidad y de género. Pero Spivak también denuncia -citando a Derrida- el peligro de apropiarse del otro subalterno por asimilación.
Es posible que allí esté la sombra que cae sobre una película como Crímenes de familia: ¿silencia a esa otredad encarnada en el personaje de Gladys, o habla de (representa) ese silenciamiento, cierto que desde su episteme cinematográfica? Mientras que en el primer film de ficción de Schindel, el patrón es un MALO así con mayúsculas, esta vez la patrona que interpreta Cecilia Roth es amable, aunque encerrada en las liturgias y prejuicios de su burbuja de clase, y es este personaje el eje de la historia en el periplo que va desde el enclaustramiento en sus convicciones de madre devota y "señora bien" hasta el "darse cuenta", un trayecto análogo al de otra Alicia (¿una coincidencia?), la interpretada por Norma Aleandro en La historia oficial (Luis Puenzo, 1985). Tanto en El patrón... como en Crímenes... se habla de ejercicios de poder con efectos de sumisión, pero el problema con la nueva película de Schindel es que el periplo de Alicia en su "darse cuenta" es el salvoconducto a una inusitada reconciliación y armonía de clases sociales, una pacificación neutralizadora, por obra y gracia de la maquinaria férrea de un guion donde paga su precio el personaje de Gladys, pues cuando no están diciéndola (hablando de / por ella) los agentes institucionales (el fiscal, su abogado, la trabajadora social, su patrona) y ella hace efectivamente uso de la palabra, esa efectividad está en ser el elemento que precipita la reivindicación de Alicia. Es probable que Schindel incurra en esa apropiación por asimilación sobre la cual alerta Spivak, aun por el solo hecho de absorber a Gladys en los engranajes del guion, como un catalizador sin otra voz que la determinada (dictada) por su funcionalidad. Entonces, cabe la posibilidad de que en esta ocasión el cineasta se comporte también como un patrón, benévolo, sí, pero enredado en sus buenas intenciones progresistas y en el mecanismo de relojería de su relato.


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