Una confirmación platónica sobre el mundo del arte


Por Pedro Artur Gómez, docente en Filosofía y Letras y Escuela de Cine de la UNT.
  The burnt orange heresy (Una obra maestra). Drama - Acción - Thriller. Italia - Reino Unido. 98 minutos. Año: 2019. Filmax. Director Giuseppe Capotondi. Reparto: Claes Bang, Elizabeth Debicki, Donald Sutherland, Mick Jagger, Rosalind Halstead, Alessandro Fabrizi. Plataforma: Netflix

En una de sus conferencias en Milán, James Figueras (Claes Bang), un seductor y arrogante crítico de arte, conoce a Berenice Hollis (Elizabeth Debicki), una enigmática turista norteamericana, con quien inicia un intenso affaire. Ambos viajan a la región del Lago de Como, donde se alojan en la mansión del coleccionista de arte Joseph Cassidy (Mikk Jagger), quien le propone a Figueras, a cambio de una abultada suma de dinero, robarle un cuadro de su atelier al afamado y excéntrico pintor Jerome Debney (Donald Sutherland), retirado del mundanal ruido y alojado como huésped en un lugar de la villa propiedad de Cassidy. Basada en una novela de Charles Willeford –un escritor especializado en ficción detectivesca- esta versión fílmica se luce como un refinado y corrosivo thriller neo-noir, ambientado en la sofisticación del mundo del arte. La oscuridad moral y la arrebatada sensualidad características del género se encarnan aquí en personajes que no dejan de moverse entre sinuosos dobleces de carácter, incansables constructores de engaños tras los velos de sus cínicas agudezas. El universo del arte es pintado como una feria de vanidades impregnada de intereses rapaces, un imperio de personalismos inescrupulosos donde sobresalen las argucias de los críticos y la manipulación de los mercaderes que se ciernen sobre las obras y los artistas, al igual que moscas, insectos cuyas imágenes son recurrentes a lo largo de la película. El crimen es un viraje inevitable para este entramado humano en el que reina la mentira, un elaborado baile de disfraces maliciosos donde debajo de una máscara hay más máscaras. Platón, en la República, propuso prescindir de los artistas porque sus obras al representar los objetos del mundo sensorial eran copias de copias, imitaciones de cosas que a su vez ya eran imitaciones de sus equivalentes en el mundo superior de las ideas. Sin lugar alguno para ese “topos hiper uranus”, la ausencia de la verdad se extiende en esta atrayente historia, cuyos giros se sostienen sobre todo en la exquisita puesta en escena y en el magnetismo de las actuaciones, con el condimento especial del histrionismo deliciosamente mefistofélico de Mick Jagger. A Platón le hubiera gustado como confirmación de sus convicciones con respecto al mundo del arte.


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