Democracia y plazas


Por Carlos Zeta.
La rebelión madura invisible en el corazón profundo de los pueblos y teje laboriosa y silenciosamente las formas de su irrupción.

En agosto de 2019, en Argentina, hubo una poderosa rebelión democrática.

Otra rebelión democrática fue la que descuadernó el propósito criminal de la derecha y la ultraderecha bolivianas.

Una nueva rebelión democrática enterró los treinta años en los que la Concertación aplicó la Constitución de la dictadura criminal del pinochetismo.

Por supuesto que fueron los cuerpos de centenares de miles de jóvenes —sobre todo— los que, en Chile, pusieron en jaque a Piñera y a su régimen. No es menos cierto que hay una continuidad entre las calles y las urnas. Y esa continuidad es la que debemos asumir y construir, de manera virtuosa, en una imprescindible radicalización de la democracia. Porque es eso, entre otras tantas cosas, una que a la actual fase del capitalismo le resulta insoportable: la expresión popular de nuestra gente en todas sus formas.

¿Aprenderemos de esa lección de nuestros pueblos? ¿Aprenderemos que no es, no será posible, gobernar sino en esa tensión dramática pero imprescindible entre la democracia y las plazas? ¿Comprenderemos que esta radicalización democrática grita en las calles y en las urnas que esa es una tensión a la que no solo no podemos renunciar, sino que es la única garantía posible de una continuidad sostenida de nuestras esperanzas emancipatorias?

Una otra revolución social empuja desde las entrañas de nuestros pueblos. Necesitamos escucharla, aprender de ella, amasarla serena, pero incansablemente, para que se constituya en palabra política, en organización comunitaria, en fuerza popular. En eso que nunca nos cansaremos de construir: una patria socialmente justa, económicamente independiente y políticamente soberana.

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