La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido
Milan Kundera
El celular me acaba de dar
un ultimátum. O lo vacío de no sé qué, o deja de funcionar. La memoria ha dicho
basta.
Entonces le he preguntado
qué hacer —en la lengua imposible en la que se le preguntan cosas a un celular—
y me ha dicho que la tarjeta SIM y que los WhatsApp, y no entiendo qué asunto
de almacenamiento “en caché”, y las aplicaciones, y no sé qué de las imágenes.
Y entonces he pensado en que lo tengo desde hace dos años y nunca me he
preocupado por esos asuntos, puesto que no he tenido jamás el propósito de
andar recortando ninguna memoria. Ni siquiera la del celular.
Sin embargo, así funcionan
las cosas ahora: en la era del capitalismo ilimitado el presente es infinito. Y
de eso no se salvan los celulares. Mejor todavía: los celulares serían algo así
como el templo global de la desmemoria. Y entonces he recordado esas
situaciones en las que las personas se afanan por tomar imágenes. Desde que
amanecen (¿o aún antes?, ¿acaso no hay quienes incluso en la difusa madrugada
están sacándose selfies?, ¿hay algún
momento del día —y de la vida— que no sea sistemáticamente fotografiado?), y a
toda hora: que el mate o los cereales del desayuno; el rostro de tal; el cuerpo
de cual; una planta; la comida de toda hora, el registro de todo lugar...
La imagen como cristal
vacío de toda existencia.
Y luego cada instante y
todos los instantes y entonces me pregunto, a esa red infinita conformada por
millones de personas… ¿cada cuánto el celular les plantea el ultimátum? ¿Y, en
ese caso, qué hacen con los mensajes de WhatsApp? ¿Y con las imágenes?
Alguien me dice no sé qué
de la nube y trato de imaginar toda la memoria en una nube… toda la memoria
voluntariamente almacenada en una nube y no salgo de mi asombro. ¡Pero si la
nube ha sido siempre el monstruo de nuestra memoria! Cuando nos ha asaltado (y
a todos nos ha asaltado alguna vez) la necesidad, el deseo, la urgencia de
recordar algo que se resiste a acudir, a responder, hemos vivido esos instantes
fatales (no pocas veces son mucho más que instantes) en que ese recuerdo, ese
nombre, esa voz, ese aroma, el nombre de ese aroma, no acude porque está en la
“nube” de nuestra memoria, en ese borroso espacio, en ese limbo que nos llena
de angustia porque bien sabemos la suerte que les espera a esos cristales de
nieve o gotas de agua que viven, su efímera existencia, suspendidas en la
atmósfera…
Y es que toda nube está
destinada a dejar de serlo ¡y resulta que ahora allí van los restos de la
prepotencia del eterno presente: a una nube voluntaria en la que, claro, todo
habrá de disolverse!
Pero todavía más: ¿quién
entre esos millones de personas tiene (aún) las imágenes que tomó, digamos, en
2007… o en 2010… o (seamos menos dramáticos) en el último lustro…? He
preguntado a más de una docena de personas y he recibido una respuesta
contundente: nadie conserva esas imágenes… a lo sumo tienen las del último año…
pero, y entonces ¿para qué las sacan? ¿Qué es eso tan efímero? ¿Adónde van esos
instantes?
El teléfono me sugiere
borrar todas las imágenes y todas las conversaciones del WhatsApp. Todas. Fin.
Esas conversaciones no han existido. Fueron humo, nube, viento. Nada.
No voy a hacerle caso.
Porque ahí todavía están
cada una de las charlas que hemos tenido. Ahí estás vos, ahí estoy yo, ahí
estamos lxs que venimos siendo, buscando —y a veces encontrando— las palabras
para nombrarnos.
Y para nombrar lo que nos duele y lo que nos salva.


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