Entre el espacio y el tiempo | Por Carlos Zelarayán


"El pueblo recoge todas las botellas que tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es la gran memoria que recuerda todo lo que aparezca muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria".

Leopoldo Marechal, Megafón y la guerra

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La NASA y la compañía SpaceX enviaron con éxito, desde Cabo Cañaveral (Florida), la primera misión operativa tripulada a la Estación Espacial Internacional (EEI). Un cohete Falcon 9 de SpaceX, con la cápsula Dragon encima, despegó desde el Centro Espacial Kennedy el domingo 15 de noviembre, con cuatro astronautas a bordo: Shannon Walker, Michael Hopkins, Victor Glover, y Soichi Noguchi. La cápsula se separó con éxito de la segunda etapa del cohete y, según un miembro del equipo de SpaceX que se comunicó por radio, logró en el tiempo previsto “la inserción en órbita nominal”. En otras palabras: está en la trayectoria correcta. La tripulación atracará en su destino uniéndose a dos rusos y un americano a bordo de la estación, y permanecerán durante seis meses.

Apreciar el despegue y los momentos inmediatamente posteriores es un asunto cautivante. El cálculo de velocidad de una nave espacial suele ser fuente de malentendidos (por los sistemas de referencia y por las propiedades de las órbitas). Como advirtiera —con duras consecuencias para su vida fascinante— un tal Galileo, las velocidades dependen del sistema de referencia elegido (y en este caso se suelen emplear tres diferentes). Si nos atenemos, como recomiendan los expertos, al sistema geocéntrico, en apenas unos minutos la nave que despegó de Cabo Cañaveral superaba, por mucho, los 200 mil kilómetros por hora. Rápido, ¿no?

Un psicópata delirante que —por una desdichada confluencia de circunstancias excepcionales— se hizo de la primera magistratura de la nación argentina, afirmaba (cuando todavía calzaba el traje de candidato, en noviembre de 2015) que «estamos a meses de que un robot te reciba como médico clínico en un hospital, te diagnostique y te derive, porque va a tener toda la información que un ser humano no puede tener». Con ese argumento desmanteló el sistema de salud y nos dejó a la intemperie, presas fáciles de una pandemia que, si no fuese que la afrontamos con un gobierno popular, hubiera sido una catástrofe de dimensiones bíblicas infinitamente superior a la que estamos padeciendo. Voy a insistir con esto. Solo un humanismo como el que encarna el peronismo pudo evitar los escenarios que deseaban, que esa ultraderecha sin vestigios de —precisamente— humanidad imaginaba restregándose las manos. No pudieron, hasta este momento, poner a nadie que diga —mirando a cámara en horario central— «he perdido a quien más amaba porque no lo atendieron». No pudieron, hasta este momento, poner a ningún médico ni a ninguna médica que —mirando a cámara en horario central— diga «tenemos que elegir quién vive y quién muere porque no tenemos cómo atender a lxs enfermxs». Esta ultraderecha criminal, capaz de decir cualquier cosa, no pudo decir eso en los largos meses que llevamos enfrentando la pandemia. Y eso, por supuesto, sin soslayar el dolor irreparable por quienes han perdido la vida. Y eso fue posible en el marco de una fase del capitalismo en la que se ha entronizado al individuo en desmedro de la construcción solidaria de la comunidad, el individualismo meritocrático del “sálvese quien pueda”, en lugar de la piedad por el sufrimiento... en fin el abandono de toda humanidad.

Pero Macri no fue el único, ni fue el primero. Ya un muchachote que se postulara con el ropaje de caudillo de tierra adentro, para entregar mucho de lo mejor que teníamos a gente de tierra afuera, había sido atacado por un delirio semejante: «Dentro de poco tiempo se va a licitar un sistema de vuelos espaciales, mediante el cual desde una plataforma, que quizá se instale en Córdoba, esas naves van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera, y desde ahí elegirán el lugar donde quieran ir; de tal forma que en una hora y media podremos estar en Japón, Corea o en cualquier parte del mundo y, por supuesto, más adelante en otro planeta si se detecta vida».

Qué cosa con algunas coincidencias, ¿no? Siempre son los que nos hunden en la miseria y el desamparo, los que nos sepultan en un fango nauseabundo despojados de lo más primario, los que —al mismo tiempo, con el cinismo de sus humanidades devastadas— nos prometen mundos de naves, ilusiones, espejos que adelantan y cielos inexplorados. Y aunque vine aquí a compartir otras preocupaciones, díganme si este repaso no tiene su lado fascinante. Quiero decir: si uno no se lo toma muy en serio. Porque basta caer en la cuenta de que el mundo en el que cuatro astronautas llegan, desde la tierra hasta la Estación Espacial Internacional, en solo un puñado de minutos, es el mundo que retorna a la Edad Media —soltado a su suerte por la ignominia de los poderosos de todas las latitudes— incapaz de ponerle freno a un virus letal.

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Y lo que me vengo preguntando es si no es un arcaismo destructivo seguir sosteniendo, desde el campo popular, la defensa de la tensión entre República y Democracia. «Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia», solían decir los radicales para subsumir, bajo esa consigna, la participación popular y someterla a la institucionalidad realmente existente.

Quienes nos reconocemos parte del campo nacional-popular, siempre hemos tenido una cierta (y sabia) reticencia a la democracia a secas, lo que no significa (en absoluto) renegar de ella ni, mucho menos, atentar contra el conjunto de derechos que contiene y por los que nadie hizo tanto como el peronismo en la Argentina. No. Que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Ahora bien, la democracia representativa es siempre contraria a los movimientos nacional-populares, pues su raíz —estrictamente liberal— se basa en la división de poderes. Y, en la división de poderes, el Judicial es (tal como lo anticipara Montesquieu en El espíritu de las leyes, un libro del siglo XVIII…) un poder contramayoritario. Es decir: un poder pensado (¡y ejercido!) para subsanar los excesos de la democracia.

Y nosotrxs somos, entre otras muchas cosas, el hecho bárbaro, maldito, excesivo, populista de esa tradición liberal. Por eso, vienen a cortarnos la cabeza. Nosotrxs y ese nosotrxs más amplio que animó a América latina los años recientes. Por eso lo de Lula. Lo de Lugo. Lo de Correa. Lo de Maduro (antes lo de Chávez), lo de Bolivia. Y la lista no es exhaustiva.

Que lo que quiero decir, es que, para nosotrxs, la democracia es la tensión de una imposibilidad, como postuló alguien de grande apellido, tensión que asumimos, siempre, en beneficio de los incontables de la historia.

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El Perú entrañable de César Vallejo, de José María Arguedas, del inmenso Manuel Scorza, del entrañable José Carlos Mariátegui, de Mario Florián sufre, desde hace al menos veinte años (para referir un corte temporal arbitrario e insuficiente), una democracia de fragilidad manifiesta, cooptada por el poder económico aliado al Poder Judicial y al Congreso como sus brazos ejecutores. Veinte años, decía, para señalar aquel 16 de noviembre de 2000, cuando Valentín Paniagua de Acción Popular (el mismo partido del fugaz Manuel Merino) fuera elegido como presidente del Congreso y luego presidente de transición, tras la renuncia de Alberto Fujimori. El episodio vuelve a repetirse.

Sin embargo, como venimos planteando modestamente desde aquí, hay una rebelión democrática en nuestramérica, que es donde siguen expresándose las tensiones políticas y culturales más interesantes de un mundo que da vergüenza. Una rebelión democrática que comenzó en México, con la elección de Andrés Manuel López Obrador. A la que le siguió el agosto inolvidable de 2019 en Argentina, el octubre de Bolivia y, apenas una semana después, ese otro octubre del pueblo chileno, expresión de una larga maduración que tuvo su punto de partida en 2006 con la revolución de los pingüinos. Con sus matices, también Estados Unidos expresa esas tensiones. ¿O acaso le atribuiríamos a la casualidad que más de 150 millones de estadounidenses hayan superado los muchos obstáculos que los dueños de la democracia ponen a sus ciudadanxs cuando se trata de ejercer su derecho, y un porcentaje claramente mayoritario haya hecho de Joe Biden el presidente con más votos populares de la historia de los Estados Unidos?

Y eso, por si hace falta aclararlo, no habrá de confundirnos respecto de qué cosa es la democracia para los amos del norte. Y de lo que son capaces de hacer “en su nombre”. Trump gritó sin pudor que dejaran de contar los votos de la voluntad popular... aun la retaceada, amañada, distorsionada y poco respetada voluntad popular que la Constitución de la «gran democracia» del Norte permite a sus ciudadanxs. Y eso no solo y no tanto por el regresivo Colegio Electoral, sino por el espíritu general de ese texto. Dicho sea de paso: en la Constitución de Estados Unidos, con sus correspondientes enmiendas, la palabra “democracia” no aparece ni una sola vez.

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Entonces, que hay mucho que hacer. Es nuestro deber poner en palabras políticas este nuevo escenario. Transformarlo en una conversación amplia y constructiva, señalar que cuando la mafia queda desnuda, los que emergen a la vista de todxs son los sospechosos de siempre y lo único que espera en el futuro mediato e inmediato —para salir de ese pozo nauseabundo— son las tradiciones nacional-populares... la rebelión; a veces silenciosa, invisible, otras estruendosa y asamblearia, emergiendo inesperada para descuadernar la brutalidad multifacética de la opresión.

No hay mayor «exceso» en América latina que su desigualdad endémica. Contra quienes se han propuesto achicar sus efectos devastadores es que se ponen en marcha los “dispositivos democráticos”. Salir en defensa de la «democracia» a secas o subrayar, hoy, la división de poderes es ponerse del lado del lawfare y de la espiral golpista en América latina. Cualquier «nueva institucionalidad» debe plantearse este problema nodal y repensar (como sugiere Álvaro García Linera) en una nueva tensión. No ya —como dicen los radicales y el coro «bienpensante»— entre República y Democracia, sino entre la Democracia y las Plazas del pueblo, que tienen, siempre, la última palabra.

Y son las que recogen las botellas con sus inextinguibles sueños emancipatorios.


1 Pequeña digresión: corría el año 1996. A juzgar por lo ocurrido desde entonces… a Córdoba eso le pegó bastante duro, parece…
2 Stop the count: https://www.ateneo27deoctubre.com/2020/11/stop-count.html

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