Por Carlos Zeta. En una conversación
informal, les decía a algunxs compañerxs que la democracia en Estados Unidos
parece corroborar el refrán que reza: «el pescado se pudre por la cabeza».
En la conocida como la tierra de la libertad y la democracia; en el país al que Dios le habría encomendado la misión de recorrer el mundo sembrando libertad, justicia, derechos humanos y democracia, su presidente —quizá la más grotesca y elocuente representación de esta fase criminal del capitalismo que se está derrumbando sin que hayamos sido capaces de ponerle un nombre— vocifera desesperado (frente a una elección que le resulta esquiva) Stop the count! («¡Detengan el conteo! ¡Paren de contar!»).
Trump grita sin pudor que detengan uno de los pilares de la democracia, el que contiene nada menos que la voluntad popular... aun la retaceada, amañada, distorsionada y poco respetada voluntad popular que la Constitución de la «gran democracia» del Norte permite a sus ciudadanxs. Y eso no solo y no tanto por el regresivo Colegio Electoral, sino por el espíritu general de ese texto. Dicho sea de paso: en la Constitución de Estados Unidos, con sus correspondientes enmiendas, la palabra “democracia” no aparece ni una sola vez.
Trump se proclama vencedor de unas elecciones en las que —al mismo tiempo— declara que hubo fraude... como si no fuese él, en su calidad de administrador general de la nación, quien debiera garantizar que tal cosa no ocurra.
Una nutrida pandilla de cuervos al servicio del todavía presidente de los Estados Unidos, prepara artillería pesada para rescatar el espíritu de los Padres Fundadores (y el de sus sucesores) que jamás se propusieron fundar un Estado democrático. Que no se atrevieran a incorporar ese régimen político en su Constitución es una manifestación de esto, que nos exime de mayor ilustración. Y eso intentará Trump. “Si la voluntad popular no es la que yo quiero, pues entonces habré de imponer mi voluntad”.
En su momento (ya lejos del Salón Oval, por supuesto) James Carter afirmó que Estados Unidos era la nación más beligerante del mundo: estuvo en guerra durante 222 años de sus 244 como nación independiente. Guerras de rapiña y de conquista cuyo objetivo fundamental fue destruir democracias, donde las hubiere, y reemplazarlas por dictaduras que sometieron y esclavizaron a los pueblos en nombre de los intereses estadounidenses.
¿Será suficiente para que aprendamos cuál es la verdadera naturaleza de su sistema político?
Ya los teóricos de la Escuela de Frankfurt advertían, en esa obra maestra que es Dialéctica del Iluminismo acerca de la razón instrumental y de la sociedad administrada de la "gran democracia" estadounidense. Ese y otros aportes fundamentales deberían ser retomados seriamente para avanzar en una crítica que ya no solo debería ser la de la modernidad, sino la de su deriva posterior.
No será aquí y no será ahora, pero será necesario integrar, además, una reflexión no contingente sobre un aspecto singular y no menos dramático: el hecho de que una porción significativa del voto latino y del voto de la comunidad negra haya ido para Trump. Religión y política. El horror de un sector de migrantes que, cuando llega a la tierra prometida se pone del lado de quienes exigen el cierre de las fronteras. Los problemas de una humanidad que emerge de un mundo que nos duele y que nos da vergüenza.
Debates y combates (para retomar el título de una revista que fundara Ernesto Laclau) respecto de los cuales nuestro humanismo tiene un par de cosas interesantes para decir. Y una Constitución (la de 1949, claro) ejemplar que jamás deberíamos perder de vista.


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