Aborto clandestino vs Aborto legal


Por Rosana Herrera de Forgas (Mamá, abuela, militante)
Ayer le decía a una querida amiga que se preocupa por mi salud mental y emocional (como yo por la de ella) que se relajara porque mis ganas de escuchar el debate de los Senadores sobre la ley de la IVE (que ya obtuvo media sanción en Diputados) no es masoquismo (más allá de mis propias bromas al respecto) sino que obedece a una genuina necesidad de encontrar algún argumento válido que me ayude a entender la posición de quienes, robándonos una vez más el lenguaje se autodenominan provida. De quienes dicen defendemos la vida, salvamos las dos vidas y esa caterva de slogans disparatados que escuchamos, casi resignados, de la boca y de la pluma de argentinos que no se resignan nunca, cuando se trata de otorgar derechos al otro. 

Lo mismo pasó con las leyes anteriores del divorcio y del matrimonio igualitario, ya no sorprende. Pero sigue siendo un enigma las razones que hacen que profesionales de la salud, del derecho, de las ciencias sociales enarbolen el despropósito como bandera.

En el debate del día miércoles me sentí reconfortada y representada por primera vez por un legislador que voté, porque a la única que escuché enojarse y defenderse de tantos ataques fue justamente a la senadora del FDT por Tucumán, Beatriz Mirkin, cuando enfáticamente les señaló a quienes por analogía afirman que nosotros somos pro-muerte, que ella y todos nosotros defendemos la vida. Y yo sentí que con su alegato expresaba lo que sentimos muchos ciudadanos y ciudadanas que no somos, no fuimos ni seremos jamás asesinos de niños, ni de jóvenes ni de adultos. Que no somos corruptos ni cómplices de corrupción y que, a diferencia de muchos de ellos, hacemos de la militancia una forma de honrar la vida. En mi caso personal y de la mano de mi compañero de vida, (de toda la vida) abrazo la causa nacional y popular desde que tenía 14 años cuando era secretaria de Prensa y Difusión del Centro de Estudiantes y dirigía la revista (circunstancia que me permitiera definir mi vocación y mi obsesión por la búsqueda incesante de la verdad y por internalizar la otredad como objetivo)  

Es una gran ventaja poder escribir como una mamá, abuela, tanguera y cocinera aficionada porque entonces se me están permitidas algunas licencias literarias (que no salpiquen el texto con los golpes bajos que pueden resultar a veces las autoreferencias) y poder expresarme libremente como alguien que observa azorada que esta estrategia discursiva, deliberada y perversamente diseñada para la construcción de una absurda leyenda, se instaló transversalmente en la sociedad al punto de coincidir en ella compañeros y compañeras con posicionamientos político partidarios diametralmente opuestos. Y que, por condicionamientos personales resultados de sus historias de vida, seguramente asumen una postura de una intransigencia realmente inentendible para quienes, como yo, en este tema opino como una ciudadana de a pie que viene intentado con mucha constancia su deconstrucción.

Y como machista en rehabilitación, no quiero pecar de modesta, quiero gritar con arrogancia que me siento muy orgullosa de aprender todos los días de mis hijos y de mis compañeros, de mi lectura compulsiva, de mi crónica militancia, de mi necesidad imperiosa de convertirme en una vieja cada vez más sabia.

Está más que claro que no todas las personas de mi generación transitamos por el mismo sendero de la transformación y eso sí que sería temerario que yo pretendiera analizar los motivos. Creo que es un fenómeno (vocablo que puso de moda el Ministro de Salud para regocijo de los pañuelos celestes) que amerita de la mirada de sociólogos, psicólogos, teólogos y expertos en antropología.

La ley que ya tiene desde ayer dictamen de comisión del Senado y que se trata en el recinto el próximo 29 de diciembre, no promueve el aborto, no lo milita, no lo defiende, simplemente saca de la clandestinidad una práctica de siempre que le cuesta la muerte a las mujeres pobres porque las mujeres ricas se hacen los abortos en el subsector privado y lo pagan en forma particular (cifras colosales) o si tienen una cobertura social hacen que sus médicos les pongan diagnósticos falsos como “quiste de ovario” o travesuras por el estilo y entonces ahí sí que la consigna los pagamos todos con nuestros impuestos que tanto repiten los odiadores es cierto. 

Lo digo de nuevo y de otra manera menos elegante así lo entienden mejor: cuando una mujer o persona gestante decide abortar y es pobre o indigente, o lo hace en su casa como le dijo la vecina introduciendo elementos extraños en su vagina, o recurre a una comadrona que le practica un aborto quirúrgico y lo paga ella, de su bolsillo porque está fuera del sistema, lo hace en la más absoluta marginalidad y total desamparo institucional. 

En cambio cuando una señorita o señora pudiente, con medios económicos (propios o de sus padres) o lo hace en forma ambulatoria y paga la pastilla o se interna en la clínica con todas las medidas de higiene y seguridad que los más privilegiados gozamos para atender nuestra salud (y en este caso que tratamos hoy, la decisión de interrumpir voluntariamente el embarazo). Es decir que al aborto quirúrgico de la mujer rica con obra social muchas veces los pagamos todos. Incluidos los que dicen defender la vida (de las ricas, off course). Esa es la realidad, nos guste vivirla, oírla o leerla o cambiemos de canal y salgamos a las calles con fetos de plástico como llaveros. Es lo que ocurre desde siempre y todas, todos y todes conocemos perfectamente. Y todas, todos y todes sabemos perfectamente que no es lo mismo una ley que penaliza con espíritu punitivo como pueden ser las de tránsito que sí me obligan a ponerme cinturón de seguridad, que sí me obligan a parar en los semáforos en rojo, que sí me fijan obligaciones de todo tipo, que las leyes que tanto es su espíritu como en su letra me otorgan derechos,como la de Interrupción Legal del Embarazo (IVE).

Derechos que tienden a acortar las obscenas brechas a la que nos somete la desigualdad. La falta de oportunidades de muchos y el exceso de privilegios de unos pocos. Y tal vez eso sea lo que les molesta, lo que les saca de su eje para repetir barbaridades como la otra senadora por Tucumán de Juntos por el Cambio, la pastora Silvia Elías de Pérez cuando sostiene (desde su púlpito y como si le hablara a sus feligreses), dirigiéndose a Ginés Gonzáles García sin atisbo alguno de pudor, que la ley permite abortar hasta los nueve meses de gestación. Una afirmación que ella, con estudios universitarios completos, acceso a la información, cientos de asesores por su cargo público, debe saber que es una flagrante mentira pero que no debe importarle en absoluto. Porque sabe que se dirige a un público cautivo que quiere oír lo que ella tiene para decir como una suerte una profana homilía. La misma que lanzara a un recinto presencial dos años atrás cuando sostuviera esa otra impudicia de los niños con síndrome de Down.

Continuando con las autorreferencias, les cuento que los laburantes del sector salud como lo fui toda mi vida, escuchamos hablar alguna vez de Medicina Basada en la Evidencia (MBE) vs medicina basada en mi propia experiencia (mbe) por lo tanto, escuchar a un desfile de expositores hablar en minúsculas y exponer estadísticas de hace más quince años; datos con porcentajes sin decir las fuentes que los elaboraron; comparando el aborto con el genocidio nazi y demás condimentos dialécticos, convirtieron cada sesión en un una película que, de no tratarse de algo tan complejo y serio, sería una comedia muy entretenida. Porque si pensamos en esa marea que tiñe todos los cielos del planeta de un verde intenso y esperanzador, en los millones de testimonios de mujeres que abortaron y casi pierden su vida, en las niñas madres, si recordamos a Belén, a Lucía, si pensamos en que ahora pretenden DESreligiosar las consignas e invertir la carga de la prueba y mostrarse como víctimas de violencia e intolerancia de quienes no defendemos la vida, nos damos cuenta que el género es el terror o la ciencia ficción. Como muchos de nuestros representantes y entonces, siempre desde mi lugar de ciudadana de a pie me pregunto si no va siendo hora de pensar que este sistema, así, no funciona. Si no va siendo hora de pensar en tener la posibilidad de modificar nuestra carta magna para transformar la representatividad en participación. Y dejar atrás la democracia representativa para acceder por fin a una democracia participativa. Pero claro…yo me lo pregunto mientras saco las cortinas del escritorio para poner el lavarropas. Y es justo cuando pasando la gamuza a la computadora, siento que el teclado me seduce, que me grita, que me obliga a que con el marco musical de Enio Morricone, me siente a acariciarlo para dejar plasmados estos testimonios, mis sentipensares, en algún rincón.  Así cuando me vaya con mis padres, mis hijos puedan decirles a mis nietos que la abuela lo intentaba, que luchaba con las herramientas que tenía a su alcance para transformar la realidad. Sólo que ella tenía un bombero loco y los demás una bazooka. Pero que lo conseguimos.

#SeráLey

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