Editorial 03/12/20: Por las Plazas con las Madres


Por Sara Mrad.
Hacía falta que Diego le gambeteara tanto a la vida para convertirse en un río de recuerdos amorosos.

Hacía falta que sus piernas delgadas de niño  pobre serpentearan detrás de la pelota para que tomara vuelo y se convirtiera en una nube. Ese niño que a gambetas y a patadas se abriera paso a la vida adulta para entregarnos tantas alegrías.

 Ese Diego infinito, interminable, imperecedero, eterno, insumiso y rebelde que no escatimó el más mínimo esfuerzo, que se rompió todo para crear una fiesta para este  pueblo que lo ama con ese amor inconmensurable y que  lo amará infinitamente, sólo como una mínima expresión y actitud de agradecimiento.

Hacía falta que ese pueblo saliera a la calle para demostrarle su amor, su gratitud insoslayable. Hacía falta que respondiera a esa necesidad imperiosa, esa última vez tan necesaria de poder estar  al lado su ídolo, esa era la última y tal vez la única oportunidad que le daba la vida: la despedida, y que pudiera llorarlo a gritos y a empujones  por las calles y las plazas.

Hacía falta para que se desenmascararan las miserias y afloraran como aguas putrefactas y malolientes.
 Hacía falta para que ese odio discriminatorio que pesa en nuestras espaldas desde la época de las colonias se hiciera más tangible, ese mismo odio que hizo que nuestro país se construyera sobre las tumbas anónimas de los pueblos originarios, de los negros maltratados, de los marginados, de los humillados, de los despreciados, de los tan cínica y arteramente excluidos y explotados ...

 Siglos que cargamos con la perversidad tortuosa de la discriminación,  del racismo, de la xenofobia, en definitiva, de la infamia de una clase social que se cree superior, esa clase social donde la hipocresía y la soberbia se dan la mano para despreciar a los "cabecita negra",  a los grupos étnicos y culturales diferentes, a aquellos que tienen la merecida libertar de  elegir su identidad de género, y a todos aquellos que, de una manera u otra, haciendo uso de sus propias rebeldías se entregan a las luchas colectivas por la reivindicación y el respeto a sus derechos poniendo en evidencia  la perversidad de la cultura racista y  xenófoba de clase dominante, y que la partida de Diego, por estos días, la hizo más palpable.

Esas aguas malolientes y putrefactas que afloraron a la superficie  ponen en evidencia que el abismo es demasiado profundo, y para las Madres el desafío es enorme y  la tarea ardua, porque sólo con una batalla cultural intensa, extrema y sostenida en el tiempo, con militancia férrea y solidaria, podremos derrotar la cultura dominante.

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