En el cielo del mundo | Por Zeta


Qué pena me da la muerte
¿pa qué se pondrá a venir?
uno la invita con vino
no tiene con quién dormir.


Manuel J. Castilla

No sé ustedes, pero yo, antes de dormir, juego otra vez en los potreros de mi infancia.

Cuando tengo que lidiar con el terco insomnio, vuelvo a tener once años y rescato de las brumas cada día más espesas de mi memoria, esos momentos invencibles en los que —despojados de todos los dolores y de todas las carencias— soñábamos con los pies, los sueños que la noche no dejaba que soñemos en nuestras cabecitas, por la precaria trama de la que estaban hechas nuestras deshilachadas ilusiones.

Teníamos un amigo al que le decíamos Gatti y que adorábamos, porque nos salvaba del incordio del arco. Gatti volaba como si no tuviera articulaciones y eso hacía de nuestros goles lo que entonces nos parecían modestas obras maestras de tierra y de arcos hechos con piedras y latones. Ese recuerdo todavía hoy suaviza el abismo del insomnio.

En esos goles imposibles, siempre está Diego.

Recuerdo, entre otros tantos, uno que intentamos hasta el hartazgo. El que le hizo al “Resto del Mundo” en aquel partido con el que la Selección celebraba un año de un Mundial que Diego no jugó; corríamos, con la pelota dominada, pasábamos apenas la línea imaginaria del área grande, enganchábamos para adentro y metíamos la comba para que la pelota se colara en un ángulo también imaginario, y salíamos como locos a gritarle el gol a una tribuna de nubes y de cañas… 

Ese era el nombre preciso que tenía la felicidad.

Desde hace dos días tengo un ojo cerrado, inflado por una infección, y unos huesos que crujen como si quebráramos maderas secas con las manos, porque —a estas alturas— los dolores del alma también son dolores del cuerpo y no hay manera de callar ni a los unos ni a los otros. Supongo que ya pasarán.

Lo que no sé, es qué haré con la intemperie de mi insomnio.

Las últimas cinco noches los goles de la infancia me abandonaron. Dormir es un combate desigual, porque —sin quererlo, claro— Diego vino a acentuar todas las ausencias.

Sin embargo, aunque me cueste tanto conciliar el sueño, me gusta pensar que, mientras tanto, Pelusa está juntando pibes para el partido en el que jugaremos todos, el partido en el que los pibes de todos los potreros clavaremos en el ángulo de los dolores y de las angustias, cada una de nuestras ilusiones de barro sin estrellas. El partido en el que vamos a llenarnos la boca de gol y en el que seremos felices para siempre en el cielo del mundo.

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