Por Vicente Guzzi ¡Qué lindo es recordar! Especialmente si esos recuerdos tienen valor en algún sentido, como en este caso... Estas ilustraciones -salvo la última foto- muestran tapas del diario La Voz, ese importante periódico que publicó Montoneros (aunque formalmente haya figurado como de propiedad de Vicente Leónides Saadi), y que posiblemente haya servido de fuente de inspiración al Página 12 de sus primeros tiempos, por el nivel de sus denuncias.
Aunque valga aclarar, que todas las tapas aquí registradas, se publicaron en tiempos de dictadura, salvo la que expresa la algarabía popular, por la llegada de la democracia Alfonsinista, en diciembre del ‘83. Y a propósito de Alfonsín, más vale que mis amigos del actual alfonsinismo no se ofendan por la última foto, una caricatura que muestra a Ubaldini y a Firmenich, retando al entonces líder del radicalismo, por la promulgación de las leyes de Obediencia debida y de Punto final.
Fueron tiempos duros, pero de una riquísima experiencia, porque nos tuvimos que “fumar” a unos directores que más valía “perderlos que encontrarlos”, desde el Ramoncito Saadi (el mismo de Soledad Morales), pasando por Raúl Ricardo Cuestas (de quién me reservo la opinión, y no precisamente porque mis percepciones sean de las mejores), y finalmente por ese trío “galleta” (de chantas en realidad), de quiénes recuerdo el apellido de sólo dos: González Olguín y Szverko, y de este último -tristemente célebre- me acuerdo especialmente cuando se disfrazaba de guerrillero, con uniforme verde oliva, y aparecía por la redacción pisando fuerte, pensando -tal vez- que nos infundía temor, a propios y extraños... A este patético personaje lo habían apodado “borcego heroico”.
La Voz, indudablemente, fue una máquina de picar compañeros del Peronismo Revolucionario, a quienes finalmente nos cagaron a la hora del cierre del diario, porque nos pagaron indemnizaciones menores a las que nos correspondían legalmente, en nombre de nuestra militancia... Y seguro que alguien se habrá quedado con ese “vueltito”.
Pero nadie podrá quitarnos la satifacción de haber denunciado, en tiempos de la dictadura genocida, en plenos 1982 y 1983, las atrocidades de los milicos torturadores, ladrones, asesinos y robabebés, además del informe y las fotos sobre la ESMA, de Víctor Basterra (fallecido hace unos días - Honor y Gloria para él); el informe con croquis detallados de campos de concentración y exterminio, de nombres de asesinos, y de nombres de hermanos que pasaron por esas mazmorras, suministrados por el torturador ex comisario de la Federal, Peregrino Fernández, en declaraciones tomadas en el exterior por Tito Paoletti, Vicente Zito Lema, y por el ex secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luís Duhalde (a quién no deberemos confundir con el antidemocrático y destituyente ex presidente homónimo); o del informe Rattembach, que desde el interior mismo de las Fuerzas Armadas, denunciaba las atrocidades cometidas por los milicos en la Guerra de Malvinas.
Pero, además, quién podría quitarnos la satisfacción de haber sostenido los compañeros militantes, el diario durante esa espantosa huelga, de 45 días, con olla popular y todo en la esquina del diario, organizada -en principio- por los cuadros de prensa del trotzkysmo, que trabajaban -todos- en La Voz, y a la que se prendieron los peronistas de la más rancia derecha, algunos izquierdistas “a la veleta”, y todos aquellos que no soportaban que un diario generado en apoyo de un proyecto nacional, popular y -hasta en principio- revolucionario, pudiera prosperar, claro, hay que reconocer, y en honor a la más pura verdad, que algunos malos manejos de la dirección del periódico habían contribuido a generar esa huelga. Fue en diciembre del ‘83, cuando estaba por asumir Alfonsín.
Y esos mismos trotzkos, cuando decidieron levantar la huelga, vinieron a pedirnos a los laburantes para que intercediéramos y volvieran al diario. Eran los mismos que, durante el paro, iniciado en una asamblea en la que -disculpas por la autorreferencia- yo informé que no acataba la medida de fuerza, porque “los cimientos del diario La Voz habían sido construídos con la sangre de los compañeros desaparecidos, y yo no me cagaba en la sangre de mis hermanos desaparecidos”, y que invitaba a quiénes pensaran como yo a seguir trabajando, nos acusaron de carneros, de rompehuelgas, de traidores, y de todo lo que uno pueda imaginar. Fuimos nosotros, que al principio debemos haber sido unos veinte, entre los cumpas de redacción, administrativos, limpiecistas y gráficos, los que seguimos sacando el diario cada día.
La cuestión es que hoy me tocó recordar y con orgullo por un hecho fortuito -el cumple de un ex cumpa de La Voz- el haber pertenecido a la redacción de ese histórico diario -histórico para nosotros, y seguro para unos cuantos compañeros- como fue La Voz (del mundo).









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