Los All Blacks y la grieta


Por Ignacio Paz Posse.
El capitan del equipo Neocelandés extiende una camiseta en tributo a Diego en el centro del campo ante Los Pumas. La falta de reacción, la dureza hierática y las caras impertérritas de los que lucen rayas celestes y blancas, descubren el abismo humano, la distanciación y las razones de una división argentina cuya profundidad es más que política. El gesto expone el contrastado clasismo —otra forma de racismo— hacia el ídolo popular presente en capas de una sociedad argentina, más problematizada y compleja de lo que se anima a pensarse. Diego y su muerte auscultan el desprecio y la raiz elitista de una tirria que se funda en mucho de lo particular y funesto de la historia  de América.

El leve asiento de esa tela-símbolo de Nueva Zelandia con la inscripción del 10 fue una verdadera lección de clase. Homenaje digno de campeones a un campeón, el acto obró un efecto de prestidigitación simbólica sobre el cesped australiano. Lo que surgió y se hizo nítidamente visible allí fue la certeza de lo mal compuesto del relato de integración argentina y el largo recorrido que les queda a algunos por la valoración de la diversidad y riqueza humana local. Quedó al descubierto la representación más cruda de la grieta en su hondura centenaria. Hablamos de la sarmientina noción de civilización y barbarie, de la pulsión colonial que propala un racismo de raigambre histórica.

Sabemos que el desprecio al nativo, al gaucho, al mestizo y al criollo de arrabal tienen asiento más allá de Roca, Mitre o Sarmiento; que es incluso anterior a los inicios fundantes del país. Ciertamente todavía previos al desembarco colonizador en América hace cinco siglos; viene desde el fondo pretérito de la historia, de la exclavitud, las conquistas y los pueblos sojuzgados. Pero, fue igualmente impresionante leer la redición de aquel odio de europeos, actualizado en este legado patricio de miradas supremacistas.

La escisión estaba ahí, la reacción del rugby, en el momento de mayor conmoción por la partida del ídolo, sólo la expuso.

Es sabido que Maradona nació en Villa Fiorito, una barriada pobre del conurbano bonaerense junto al Riachuelo. "—Vivo en Bs As, pero soy correntino" —se presentaba a si mismo el hijo de doña Tota y don Diego en sus tempranos comienzos de jugador,  plenamente conciente de su origen y sangre nativa probablemente guaraní. Criado en la dureza del arrabal porteño, se sabía por tanto un orillero, un reo más del país interior, de la América profunda.

Este es acaso el dato clave, la llave tácita del no-homenaje, con el que se lee el ensordecedor mutismo de los rugbiers —parados e inmóviles — al otro lado de la grieta. Ajenos a la emoción global del momento, para ellos ese nombre estampado no era el de un célebre connacional merecedor de altos respetos, sino el de un hijo despreciable de la villa.

La villa es la alusión argentina a la periferia salvaje, de un afuera bárbaro en el paisaje mental del país, vago resabio de las tolderías aborígenes sobre las que Roca cargó con sus fusiles Remington. Es notable pensar que, para cuando Diego nació, solo habían pasado quince años de la movilización del 45, es decir de la mayor demostración popular ocurrida en Latinoamerica, en la que el pueblo trabajador y los habitantes de los cordones humildes marcharon pacificamente pidiendo la excarcelación del Gral Perón, su lider preso en Martín García por mandos militares. Desde todas las  adyacencias rurales y desde cada rincón de la periferia pobre, millones de hombres y mujeres desconocidos partieron a concentrarse en las ciudades. La prensa conservadora tildó entonces aquél fenómeno  masivo e inédito  como el de "un aluvión zoológico". Momento fundante de la historia nacional que se recuerda también como el día de "las patas en la fuente", por la foto icónica de centenares de marchantes aliviando sus pies en las aguas de las plazas. El país iniciaba recién un período de transformaciones estructurales en el que un nuevo sujeto emergía como actor político-social.

Esa muchedumbre estaba compuesta por descamisados nacidos en los margenes conurbanos del país, seres hasta entonces humillados y portantes de una irredimible marca de orígen suburbial: los cabecitas negras de los cordones de miseria,  que entornan las ciudades del continente y son un lamentable síntoma de la región. Desde Río con sus favelas, las construcciones de chapa, madera y cartón atestan el continente cual doloroso testamento de la desigualdada.  Desigualdad, que —no está de más aclararlo— no es un fenómeno natural, no ocurre por azar, ni es un designio divino. Con su saldo de vidas sufrientes y anónimas, la pobreza tiene razones tan complejas como consecuencias tristes, entre ellas, su contracara de elites beneficiarias de privilegios exclusivos. Tal como hay explotados, existe el usufructo de esa exclusión en donde la falta de unos es el exceso de otros. Nuestra geografía rica y extensa acumula algo difícil de naturalizar cuando se piensa en ello, el contraste marcado entre la pobreza y el lujo. Recordemos entonces que a la mirada de las castas dominantes (y el tilingaje que la secunda acrítico) Maradona fue esencialmente un negro, un cabecita-villero salido de la indigencia. Sirva la referencia para entender que la mayoría de las amonestaciones moralistas y la cuenta de sus excesos con la fama le vinieron endosados a ese hecho.

El sello de origen que otorga la marginalidad es una loza pesada, que inclina la balanza tan injustamente que muy pocos, si acaso algunos, logran torcer sus condicionamientos. Diego, lo hizo, y el suyo es un caso paradigmático de ascenso triunfal. Se ganó por sí mismo ese derecho, y el éxito —que le sobrevino inmanejable— afortunadamente no lo vió trocándose de bando, porque se mantuvo fiel a la verdad de su origen. Sin olvido de sus privaciones, no fue disciplinado por el lujo, y en su boca perduró el sentido social de reivindicación para los suyos. Triunfar y objetar el sistema que lo premiaba le valió ser ingobernable para el poder haciéndolo objeto de rencores y odios irreversibles. Es ostensible que los pitucos abominaron su condición de plebeyo levantisco, y que querían verlo pagar por sus veleidades justicieras, las salidas del libreto  de sus gestos y críticas a la miseria planificada.

Finalmente vivió como lo hizo y cosechó las muestras de admiración que le correspondían. La alegría contagiosa y el magnetismo irreverente recibieron el emocionado tributo de millones por el regalo de su magia y el valor de su figura. El agradecimiento extendido desde todos los rincones fue para quien supo mantenerse como el crack de Fiorito, con su esencia y compromiso inalterables. Por encima de sus dramas, el prodigio poético de su arte y su fe de David contra los Goliats del mundo le ganóel amor de multitudes.

No era esperable pedir lo mismo de los que querrían haber puesto en caja tanta irreverencia de advenedizo. Fue un impensado servicio el recordárnoslo en su adiós.

!Gracias por siempre Diego!

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