Por Pedro Arturo Gómez*
Título original: Mank. Año: 2020. Duración: 132 min. País: Estados Unidos.
Dirección: David Fincher. Guion: Jack Fincher. Música: Trent Reznor, Atticus Ross. Fotografía: Erik Messerschmidt (B&W). Reparto: Gary Oldman, Amanda Seyfried, Arliss Howard, Charles Dance, Tom Burke, Lily Collins, Tuppence Middleton, Tom Pelphrey, Ferdinand Kingsley, Jamie McShane, Joseph Cross, Sam Troughton, Toby Leonard Moore, Leven Rambin, Madison West, Adam Shapiro, Monika Gossmann, Paul Fox, Jessie Cohen, Amie Farrell, Alex Leontev, Stewart Skelton, Craig Robert Young, Derek Petropolis, Jaclyn Bethany, Arlo Mertz
Productora: Netflix (Distribuidora: Netflix).
El Ciudadano (Citizen Kane, 1941), la ópera prima de Orson Welles, es para muchos la mejor película de todos los tiempos. En 1963, la cáustica crítica Pauline Kael publicó “Círculos y cuadrados”, un artículo en el que ataca la teoría del autor cinematográfico elaborada por otro crítico, Andrew Sarris, quien se basa en la política de autores de la Nouvelle Vague. En ese texto, la Kael le niega a Welles la autoría legítima de El ciudadano, atribuyéndosela al guionista Herman Mankiewics, un argumento expandido luego en su extenso ensayo de 1971, “Raising Kane”, cuyo título contiene un obvio y malicioso juego de palabras por la similitud fonética entre “Kane” y el nombre del personaje bíblico Caín en inglés.
Si bien el film de Fincher –a partir de un guion escrito por su padre- se focaliza en la figura de un Mankiewics entregado a la tortuosa redacción del guion de El ciudadano, el relato se ocupa menos del asunto de la autoría y más del cruel esplendor del Hollywood clásico durante los años de la Gran Depresión financiera estadounidense, con sus brillos y oscuridades agitándose en el caldo de intereses políticos y económicos de la época.
La narración se estructura en un contrapunto temporal entre el presente de la escritura del guion a cargo de un Mankiewics en postración tras un grave accidente automovilístico, recluido en un rancho en el desierto de Mojave bajo la presión a larga distancia del tiránico Welles, y flashbacks hacia un mosaico del pasado compuesto por estampas de las andanzas del venenoso y alcohólico ingenio de Mank entre el bestiario hollywoodense, en particular su espinosa relación con el magnate del periodismo William Randolph Hearst, molde inconfundible del ciudadano Charles Foster Kane.
El resultado es un muestrario en preciosista blanco y negro de los entretelones de la fábrica fílmica de sueños, con sus miserias y ornamentos, conducido por el desfile de mordaces agudezas de este Mankiewics que halla en el oficio de Gary Oldman su perfecta y desastrada criatura. Es probable que con este film Fincher –un autor industrial irregular pero siempre interesante- orqueste su propia catarsis en relación con la traumática filmación de su primera película, Alien 3 (1992), durante la cual padeció las torturas de la maquinaria del cine manufacturado.
No obstante, para un incisivo y bello calado en el conflicto entre arte e industria cinematográfica ahí está El Desprecio (Le Mépris, 1963), una de las obras maestras de Jean-Luc Godard, del cual el film de Fincher está bastante lejos, haciendo caso omiso incluso al desprecio que cultivaba el verdadero Mank por el cine, al que no consideraba para nada un arte. Con toda su pulida estética, este retrato del guionista de El Ciudadano no llega a ubicarse entre lo más sobresaliente del director de Red Social (2010) y Zodíaco (2007), a lo cual se suma que para quienes no están al tanto de la maraña de batallas desatada en torno a la realización de esa cumbre de la cinematografía Mank puede resultar una experiencia algo árida.
Tráiler
* Es docente en la carrera Ciencias de Comunicación y en la Escuela de Cine de la UNT

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