YPF. Un Acto de Reparación Histórica


Por Daniel Enrique Yépez
. Dedicado a mi querido viejo. A mi hermana, hermanos y sobrinos que con su vida y trabajo honraron la construcción de esta gran empresa del Estado, orgullo de los argentinos bien nacidos.

Un Tiempo que no Debe Olvidarse

 Espero que estas líneas sirvan para reflexionar sobre la herencia putativa que dejó la segunda década infame del siglo XX argentino (1989-1999), y para recordar a cada uno de aquellos compatriotas expulsados de la civilización y condenados a la exclusión sub-humana, aún siendo jóvenes y en plena vida productiva. Que ayuden a rememorar el terrible cimbronazo que produjo entre los laboriosos trabajadores petroleros norteños, testigos de ese tiempo infausto. Que sean útiles para no olvidar la pesada amargura y el colapso social que padecieron en carne propia, todas y todos mis familiares despedidos forzosamente de la empresa.  

 

Que sean recuerdos de la inocultable angustia que transitaron, anticipadora del fin, cuando se preguntaban ¿y ahora qué haremos? ¿Cómo mantendremos nuestras familias?, cada uno de esos miles de habitantes de la zona, de igual modo que un atribulado vecino de mi hermano Pedro, con seis hijos a cuestas, preso de llanto y amargura le decía lo mismo. Con espanto generalizado se percibía el final de época para el sobrio nivel de vida e ingresos de miles de trabajadores petroleros de la región. Las caras mustias, después de las reuniones en el sindicato amargamente comentaban una sola noticia desalentadora: no hay vuelta atrás, la decisión está tomada. Y lo más terrible de ella: los grandes sindicalistas de la cúpula de SUPE (Sindicatos Unidos dePetroleros del Estado) que otrora se rasgaban las vestiduras declarando su condición de“peronistas”, agacharon dócilmente la cabeza y apoyaron la medida.  

 

Los vientos oscuros de los noventa menemistas preconizaban incertidumbre y desesperación, descargando pesimismo y resignación sobre un tejido social golpeado por las sucesivas crisis económicas, las dictaduras y en esa coyuntura -maniatado por la desesperanza- era incapaz de oponer resistencia a este tipo de catástrofes. Menos cuando la conducción gremial nacional había defeccionado. De ahí, que la inacción y el desconcierto se apoderaron de la mayoría y sin que nadie pudiese creer que todo llegaba a su fin. ¡Que Administración Norte de YPF, cerraba sus puertas y nos echaba a la calle, ¡¡eso es imposible!!, me dijo entre lágrimas mi hermana, Directora de la Escuela de Enfermería del Hospital de Campamento Vespucio. Ese momento jamás imaginado, había llegado y la caída fue tremenda.  

 

La propaganda mediática venenosa contra el Estado Nacional y sus grandes empresas públicas, de los Neustadts y Grondonas, había cumplido su papel y las masas no sólo estaban aletargadas y desmoralizadas, sino prisioneras del alienante discurso neoliberal y neoconservador, que pedía la cabeza de los espacios públicos de la sociedad. En el marco de ese reflujo histórico, parecía que nadie se percataba de cómo se entregaba a precio vil y plantaba bandera de remate a la empresa petrolera estatal mas superavitaria e importante de América Latina e incluso del mundo. El mazazo privatizador fue impiadoso y de un sólo golpe quebró el espinazo de ese polo industrial, espejo neo-keynesiano de una forma de capitalismo de Estado, inédito en este lado del mundo, sumergiendo a miles de compatriotas en la miseria. 

 

La Destrucción de YPF fue un Genocidio Social

 

Cuando la banda de delincuentes menemistas, liderada por Dromi y Cavallo, resolvió la privatización de la Administración Norte de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en 19921993, la zona fue licitada en 23 lotes y adjudicadas a diferentes corporaciones nacionales y multinacionales del rubro. Obviamente que toda la infraestructura tecnológica, productiva, de información calificada, sanitaria, habitacional, así como el parque industrial, de transporte, perforación, las maquinarias, los emprendimientos colonizadores, la cultura, las acciones sociales, los programas sanitarios y educativos que había desarrollado la empresa nacional en el eje Vespucio-Mosconi-Campo Duran, desde 1932 en adelante, desaparecieron de un plumazo.  De igual modo que desapareció el trabajo calificado, el empleo blanco, los beneficios sociales, previsionales, laborales, los planes de turismo social, el salario estable y el retiro digno de sus trabajadores. Un manto de miseria y desocupación se extendió a pueblos y ciudades emergentes en ese espacio productivo, inmolando pequeñas industrias, mini empresas, talleres, comercios, y cuanta actividad productiva privada o mixta había emergido, conexa al desarrollo petrolero regional. Como es sabido, según el especialista Hernán Palermo, el desguace de la empresa estatal dirigida por el olvidable José Estenssoro, en cuatro años dejó treinta mil trabajadores en la calle. 

 

Entonces surgieron pueblos fantasmas, como Vespucio o Mosconi, por ejemplo, donde las rutinas de trabajo y los espacios productivos y culturales fueron reemplazados por la especulación, el ocio destructivo, la vida sin perspectiva, el hambre, las adicciones, la limosna y la diáspora, mediada por la resignación dogmática. Despojados de su cultura, costumbres, trabajo, identidad y pertenencia, los habitantes de ese entorno no sólo se degradaron como seres humanos, sino que literalmente fueron echados a la calle y transformados en muertos civiles. En su desesperación, el único camino posible fue salir a cortar rutas. Así nació el movimiento piquetero de Mosconi y Tartagal.  

 

Como correlato de este genocidio social, cuando la empresa estatal fue entregada al vampirismo de las privatizadas junto a sus áreas de exploración y explotación, las tierras fiscales de la zona también fueron enajenadas y sus pobladores, muchos de ellos antiguos campesinos y pequeños productores agro-ganaderos que de antaño transitaban libremente las sendas que comunicaban San Pedrito, Acambuco, Tablillas, Tranquitas, Ramos, Vespucio y otras localidades aledañas, fueron expulsados de sus dominios a punta de pistola. Los lotes fueron alambrados con púas y sus perímetros custodiados con guardias. Nuestros coterráneos pasaron a ser seres extraños en sus propias tierras y en su propio país y aquella enorme masa de trabajadores que surgió con el nacionalismo popular que construyó el Estado de Bienestar a mediados de siglo, se transformó en un ejército de mendigos, sumergido en las sombras de la indignidad y enlodados en una guerra civil entre pobres que los devoraba. La única opción que les marcaba a fuego el nuevo modelo civilizatorio “fundado en el mercado” era intentar salir a flote como “cuentapropistas”. 

 

Del Genocidio Social al Genocidio Ecológico

 Una vez en posesión de los predios, otra devastación siguió su curso. En el codicioso afán de encontrar petróleo a como dé lugar, el primer paso de las corporaciones fue apelar al desmonte sin ningún tipo de control o sanción por parte del Estado nacional y provincial. En esas tierras de nadie, las privatizadas no escatimaron ningún recurso para lograrlo. Si había que destruir el monte natural para abrir picadas, caminos y contaminar arroyos y ríos, se hacía. Si había que cavar grandes zanjones para instalar oleoductos o gasoductos, se hacía. Si había que usar irracional e irresponsablemente explosivos para mover tierra y socavar las estructuras geológicas del suelo, se hacía. Al fin y al cabo, esa tierra ya no era de los argentinos. Si había que dejar incontables y peligrosos socavones yermos del preciado mineral -sin señalizaciones ni avisos y colmados de desechos tóxicos o aguas contaminadas- también se hacía, total si algún “chaqueño” (así le llaman al campesino de esa zona) se caía y moría ahogado en esas profundidades, nadie reclamaría, porque también eran hijos de nadie. 

Por otra parte, y en voz ya no tan baja, se comentaba que el monte también fue dinamitado para construir innumerables e ilegales pistas de aterrizaje demandadas por el narcotráfico creciente.

 

Sin la vegetación propia del lugar, las estructuras de las laderas se volvieron cada vez más inestables. Sin retención suficiente, se aceleró el escurrimiento superficial. Con poca retención y excesivo escurrimiento, las crecidas no se regularon. Con grandes crecidas, no existen puentes ni caminos que resistan. El ecosistema es dinámico y puede reponerse, pero ante la explotación descontrolada no tiene capacidad, ni tiempo de cicatrización, para mitigar el impacto de copiosas lluvias en tan escaso tiempo. La naturaleza de esta zona no sólo fue agredida, sino asesinada metódicamente. Y ese asesinato fue producto de la desaparición del Estado Nacional y de  YPF. El daño fue irreversible y las consecuencias están a la vista. Esto explica porqué cuando llueve en los cerros orientales, los pobladores de Tartagal rezan, ya que sólo les queda encomendarse al Supremo. Pero como el proceso es creciente y acumulativo, los daños a la población son cada vez mayores. Y en el próximo deslave -si esto no se para de una vez-, la creciente depredación natural, no se llevará la mitad de la ciudad, como pasó en Febrero de 2009, sino que arrasará todo. Es importante denunciar que el gobierno provincial está informado de esta situación, pero la trama de influencias, coimas, fraudes y violaciones sistemáticas al pueblo y a los intereses de la región, con que se manejan estos nuevos encomenderos del petróleo, generan un silencio cómplice que cubre de responsabilidad (e irresponsabilidad) a la sociedad política salteña.  

 

El desmantelamiento del ferrocarril público es el otro condimento imposible de ignorar en esta trágica historia. Su destrucción perjudicó enormemente a esta zona limítrofe de la nación, pues los productos que importan sus pobladores se encarecen en demasía por el costo de los fletes viales. Pero la conspiración de las privatizadas que controlan los peajes y se apoderaron de las rutas nacionales, las corporaciones de fabricantes y dueños de camiones y neumáticos, más el marcado desinterés del gobierno nacional por re-nacionalizar los ferrocarriles y reinstalar en la sociedad un sistema de transporte ecológico, no contaminante, barato y más seguro, perjudica a los más pobres y a las regiones periféricas del país. La frutilla de este amargo postre, fue la caída del puente ferroviario de Tartagal sobre el Río Seco, cuando se produjo el aluvión, el cual obviamente al igual que los ferrocarriles del estado, parece que seguirá su destino de postración. Por último, si bien es lícito y necesario rogar a Dios, o encomendarse a la Virgen de la Peña, para que esta tragedia acabe, también es necesario que pueblos y ciudades de la región orienten su acción y reflexión en la búsqueda de las verdaderas causas que ocasionaron este presente aciago. Es hora de que comiencen a recuperar lo que dolorosamente perdieron en 1993, cuando el polo petrolero más importante del norte del país se transformó en tierra de nadie, arrasada por las corporaciones foráneas. 

 

Un Acto de Reparación Histórica

 Pocos días pasaron después que la presidenta argentina, Cristina Fernández, anunciara el envío de una propuesta legal al parlamento, que establece la expropiación del 51 por ciento de las acciones de YPF, en poder de la multinacional española Repsol. Asimismo, anunció -en el proyecto de ley enviado al Congreso-, que propone declarar de interés público nacional el autoabastecimiento de hidrocarburos, así como su explotación, industrialización, transporte y comercialización. Lo que significa que el Estado Argentino podrá recuperar el control de la producción de hidrocarburos, así como las políticas de exploración, las inversiones y plazos que las mismas necesiten. 

 

Sin duda es un gran paso, no sólo para recuperar soberanía energética, para profundizar el modelo, fortalecer el Estado y reposicionarse en el concierto latinoamericano e internacional, sino también como un acto de reparación histórica, que comience a sepultar definitivamente el oprobio que nos dejara la segunda década infame del siglo XX. Es un acto de justicia social que  no sólo debe permitirnos abrir puertas a una nueva etapa de la economía nacional, sino que posibilite borrar efectivamente las huellas del genocidio social que produjo en la sociedad y en los polos industriales regionales, la política entreguista y destructora de los „90s. Así como se ha juzgado, castigado e impartido justicia a los responsables del genocidio político, impulsado por la última dictadura, así deben recibir condigno castigo los responsables de la hecatombe social impulsada por el menemismo. Es hora que Cavallo, Menem, Dromi y toda la murga menemista esté entre rejas pagando con cárcel efectiva las consecuencias de sus acciones.  

 

Recuperar YPF, desde este lugar de enunciación y trascendiendo al plano material de la medida, requiere -en primer lugar- enjuiciar y castigar a los traidores y entregadores del patrimonio social y público del pueblo argentino. Y en segundo lugar, requiere reverdecer y refundar la empresa petrolera del Estado. Dar ese paso significará acordarse de aquellas regiones del país, donde un mundo de sombras de posicionó sobre sus habitantes, despojándolos de sus derechos más elementales, para condenarlos a una agonía interminable.

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