De Salk y Sabin a la Sputnik V


Por Juan Carlos Di Lullo.
El playón con los autos avanzando lentamente en perfecto orden, controlados por personal de seguridad uniformado mientras enfermeras y asistentes guiaban a los conductores. "Parece una escena armada por Soderbergh en 'Contagio'", pensé. Siempre se me ocurren paralelos con momentos ya vistos en la pantalla. Pero esto ocurría acá, en Tucumán, en febrero de 2021. A menos de un año de la detección del primer caso de Covid 19 en Argentina. Y es el dispositivo para administrar la vacuna contra el virus.

Una amable enfermera me pinchó el brazo. Durante los cinco segundos que duró la inoculación pensé en los científicos del Instituto Gamaleya buscando, aprendiendo, equivocándose... en las negociaciones del gobierno para obtener la vacuna... en el avión de Aerolíneas yendo a Moscú a traerlas... en la logística local desplegada para que yo, a las 11:29 del 23 de febrero, reciba mi primera dosis de Sputnik V.

Tengo un recuerdo borroso de la vacunación contra la poliomielitis, cuando era un niño. El pinchazo de la Salk y después, las gotitas de Sabin oral sobre un terrón de azúcar que se disolvía en la boca. La enfermedad está erradicada hoy. Como tantas otras, pulverizadas por las vacunas. Y recordé el esquema de vacunación que logró el país hace no mucho tiempo: un sistema de prevención completo y generoso, aplaudido en todo el mundo. Comparé esa situación con la conducta ruin y mezquina del gobierno de Macri al desmantelar ese esquema y suspender vacunas como la del sarampión y la de la meningitis... con la actitud criminal de muchos comunicadores que se empecinaron en convencer a la población de que recibir la vacuna Sputnik (la rusa, repetían) era equivalente a un suicidio lento y doloroso.

Por eso me emocioné cuando la enfermera apretó un algodón en el ínfimo punto rojo en mi brazo, y cuando la asistente me entregó el carnet que me asegura la segunda dosis, necesaria para completar el esquema de inmunización. Me emocioné porque pensé que estamos más cerca de dar y recibir todos esos abrazos y besos que hemos acumulado a lo largo del fatídico 2020. Me emocioné porque comprendí que el acto que acababa de protagonizar se inscribe en una acción global de proporciones épicas.

Me niego a naturalizar tamaño acontecimiento. Es un pequeño milagro que ocurre porque mucha, muchísima gente trabajó y trabaja en este empeño. Con errores, con tropiezos. Pero con la convicción de que no existe la salvación individual.

Disculpen el relato en primera persona, pero estoy convencido de que al vacunarme me protejo yo, pero además protejo a mis amores, a mis amigos y conocidos, a mis vecinos, y a ese muchacho a quien no conozco y que, en el auto al lado del mío, acompañaba a una señora que también recibió la vacuna hoy.

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