Elogio del nomadismo con trazo poético

Por Pedro Arturo Gómez. Título original: Nomadland. Año:2020. Duración: 108 min. País: Estados Unidos. Dirección: Chloé Zhao. Reparto: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier

En la interpretación de mayor fuerza vital de su formidable trayectoria, Frances McDormand encarna a Fern, una viuda de mediana edad, que ante la desaparición del pueblo donde residía provocada por el agotamiento de su principal fuente económica, una mina de yeso, deja su casa y se arroja a las carreteras estadounidenses, a vivir en una furgoneta. “No soy una homeless (sin hogar) sino una ‘houseless’ (sin casa)”, le dice a una amiga que encuentra haciendo compras, en un momento de su vida errante durante la cual haya empleos como trabajadora golondrina, entre los que sobresale su conchabo como empaquetadora en un gigantesco almacén de la empresa Amazon. Personaje ficticio, Fern es la protagonista de esta crónica de una forma actual de nomadismo retratada por la realizadora chino-norteamericana Chloé Zhao, mediante el entretejido de ficción y documental ya desplegado en sus notables películas anteriores, Songs My Brothers Taught Me (2015) y El jinete (2017). McDormand y David Strathairn –que compone a un hombre que se siente atraído por Fern- son las únicas actuaciones profesionales en este hilado de historias reales que se van enlazando en sucesivos encuentros a lo largo de los caminos, entre paseos, fogatas y conversaciones que revelan curtidos retazos de vidas integrados en la inmensidad de los paisajes naturales y humanos. Elogio del nomadismo, trazado con un austero realismo poético que no pasa por alto las causas y asperezas de ese estilo de existencia, este tapiz viviente –basado en el libro Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century, de Jessica Brudertiene- tiene su centro en el amable y robusto carácter de Fern, una mujer que enfrenta con enérgica serenidad las precariedades de la contingencia rodante, siempre atenta a ese llamado interior que le hace desoír la seducción de un asentamiento permanente. Una figura memorable en un film de entrañable vitalidad, cuya magnitud estética se nutre de la imponente fotografía de Joshua James Richards y la cristalina partitura de Ludovico Einaudi.

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