La Liga de la Justicia en una versión mejorada


Por Pedro Arturo Gómez

ZACK SNYDER’S JUSTICE LEAGUE (2021)

Más allá del baboseo de los fans incondicionales, no se le puede negar a este “corte del director” algunos logros de forma y contenido que sobreviven a los manierismos y limitaciones de Zack Snyder. En primer lugar, pulveriza con auténticas cualidades el adefesio perpetrado en 2017 por Joss Whedon, una de las peores películas de superhéroes en la historia de este subgénero que ha venido a dominar el cine de gran espectáculo. En segundo lugar, ¿qué cualidades son éstas? Precisamente, en un terreno genérico sobreexplotado que ya está dando signos de agotamiento como es el de las andanzas cinematográficas de los superhéroes, Snyder (por cuya obra no siento simpatía alguna) decide correr un par de riesgos. En el formato narrativo opta por un relato vertido en un metraje de cuatro horas dividido en 6 partes y un epílogo, algo que podría ser un mero arrebato autoconcesivo, pero que termina funcionando en su conjunto, aun con los altibajos entre tramos de acción y otros dedicados a aspectos dramáticos, porque el atractivo del asunto se mantiene a lo largo de toda su prolongada extensión, haciéndose en verdad inteligible y disfrutable a diferencia de la anterior versión del film. En cuanto a la forma de la imagen, la opción por una relación de aspecto 4:3 (o 1.33:1), es decir de pantalla cuadrada, resulta inaudita y también muy arriesgada para un género que por su gran despliegue visual es indisociable de la gran pantalla mucho más ancha que alta. Hay explicaciones para esto, desde que el rodaje de la película en esa relación de aspecto fue pensado en función de su proyección en cines IMAX, hasta que la dimensión en la que Snyder concibe la figura de los superhéroes está dominada por la verticalidad. Como sea, lo cierto es que después de la extrañeza de un primer asomo, el visionado transcurre sin mayores inconvenientes, aunque –de haberlas- sus supuestas virtudes pasan desapercibidas. Además de esos dos rasgos, entre las infaltables afectaciones estilísticas de Snyder, lo que más sobresale es el fortalecimiento de la potencia épica –en particular los segmentos protagonizados por las amazonas de la isla Themyscira- algo resentida por la rutinaria exuberancia sintética de las imágenes generadas por computadora. Entre la elaboración de los personajes, se destaca por lejos, una vez más, la princesa Diana de Gal Gadot, lo cual al mismo tiempo la rescata del mal trago de Wonder Woman 1984; Ben Affleck cumple con su apesadumbrado Batman, Ray Fisher le inyecta algo de humanidad a su Cyborg, Jason Momoa hace de Aquaman un energúmeno del líquido elemento con su único registro expresivo, una inexpresividad sólo superada por Henry Cavill que reincide como el Superman más insípido del multiverso, mientras que el Flash de Ezra Miller sigue zumbando con sus ocurrencias de comic relief. La Lois Lane de la desaprovechada Amy Adams tiene más de doliente que de la enérgica mujer del comic, junto a algunas apariciones de personajes que hacen la delicia del fan service. Además de todo esto, un valor agregado de esta Liga de la Justicia es que por un rato nos distrae de ese aparatoso bodrio que fue Batman vs Superman: el origen de la justicia (2016), aunque ello no basta para reivindicar a Zack Snyder de todas sus torpezas en el manejo de la mitología superheroica de la DC.

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