Argentina. Memoria. “Kollas en el balcón de Casa Rosada”


La injusticia suele ser el motor de la historia. Lo vemos hoy con el proyecto de Duque en Colombia pretendiendo esquilmar con impuestos desmesurados al pueblo. Sucedió en Chile con el aumento del 4% del boleto del Metro de Santiago. Ocurrió en octubre de 2019 Ecuador cundo Lenin Moreno pretendió imponer el ajuste draconiano diseñado por el FMI. Los ejemplos abundan. Ocurre en la Patagonia a ambos lados de la cordillera con la tenencia de las tierras reclamadas por las comunidades originarias, pero un día como hoy, me interesa rescatar un caso de profunda injusticia como fue el Malón de la Paz de 1946 una protesta indígena por sus tierras usurpadas por latifundistas que, desmemoria mediante, terminó desvanecido en los rincones más oscuros del inconciente argentino.

En el noroeste, las comunidades originarias experimentaban una enorme tensión a raíz de la paulatina usurpación de sus tierras a manos de conspicuos terratenientes, entre los que se destacaba Robustiano Patrón Costas, uno de los mayores latifundistas del Noroeste Argentino (NOA) y poseedor de una enorme proyección política. Enorme latifundista, poderoso industrial azucarero dueño del ingenio de San Martín del Tabacal que superaba el millón de hectáreas, socio de la Standard Oil, acusado de las más oscuras prácticas mafiosas, Patrón Costas reunía las características arquetípicas del señor feudal.

Los kollas que habitaban el NOA desde un tiempo primigenio, debían pagar arriendo a los capataces de Patrón Costas hasta por los cementerios donde estaban enterrados sus ancestros. A fines de 1945, aprovechando la aparición de la figura carismática del coronel Perón, la situación llegó a un punto de no retorno. Las comunidades dijeron “basta de abusos”. En las elecciones de febrero de 1946, los kollas votaron masivamente a papacito Perón quien durante la gira electoral había pronunciado dos conceptos mágicos “Expropiación” y “Reforma Agraria”. Tanto la Puna como en el oeste salteño estaban convulsionados y la idea de bajar a Buenos Aires para recordarle las promesas de campaña comenzó a tomar forma.

No era sencillo ponerse de acuerdo: “¿Para qué ir a Buenos Aires?” En las reuniones de las comunidades se escuchaban voces que aseguraban: “Allá abajo nunca nos dieron nada. A un indio nunca le harán caso. Nuestro problema es de aquicito. Nada tenemos que hacer allí. ¿Qué justicia vamos a buscar allá abajo? Tenemos que defendernos acá. Ustedes sueñan que abajo les van a hacer caso”. Más allá de los incrédulos, las nuevas condiciones sociopolíticas creadas por Perón entusiasmaba a la mayoría. Se vivía otro tiempo, los alentaban los aires de cambio y los alcances de la revolución justicialista que conmocionaban al país. Comprendieron que había que marchar a Buenos Aires y forzar un acuerdo por los reclamos de tierras, sus tierras, que las distintas comunidades venían pleiteando desde finales de la Colonia.

El 15 de mayo de 1946 comienzan a moverse los distintos grupos que, como pequeños arroyos, van a confluir en las afueras de San Salvador de Jujuy el 24 de mayo. Son 174 comuneros que marchan la mayoría a pie, acompañados por un centenar de mulas y dos carros. Jamás se había producido un reclamo indígena de tal magnitud. Un poco en broma un poco en serio comienzan a definirse como un Malón, por las dudas le agregan la palabra Paz: “el Malón de la Paz”. Atenta a la magnitud del movimiento que gestaban los kollas, desde principio del año, la Secretaría de Trabajo, trampolín desde el que se catapultó Perón había destacado al teniente Mario Bertonasco para monitorear la marcha desde adentro.

Como señaló La Época días antes del arribo del Malón a la Capital Federal: “El general Perón escuchará de sus labios los detalles completos del sistema de vida reinante en aquellas regiones. Y ha de arbitrar los medios para que no sólo la justicia sea ejercida con estos desheredados, sino que también alcance el castigo a los culpables de esta inicua explotación”. Por lo pronto, todo el arco de la prensa oficialista identificó como único culpable del padecimiento kolla a Robustiano Patrón Costas que, hasta con el nombre calzaba a la perfección con el physique du rol del oligarca explotador. Los periodistas se deleitaron en contrastar su oscura personalidad con la ascendente figura de Perón. Después de todo, y pese a su condición de indios, los kollas también eran argentinos y acreedores de la Justicia Social proclamada a los cuatro vientos por la nueva administración a la que habían votado en forma entusiasta

El Malón comienza a desandar los 2.000 kilómetros que lo separan de Buenos Aires calzados con simples ushuntas (ojotas) de suela de neumáticos, vestidos con ponchos y llevando sus instrumentos musicales para matizar el trayecto. Evidentemente, para concitar una mínima atención, un indio debe parecer indio y mostrar sufrimiento. El vía crucis desde la Puna que evidenciaba la impunidad de los señores feudales del NOA frente a la humildad de los kollas fue objeto de una impactante cobertura periodística como jamás volvería a suceder con una protesta indígena por tierras.

Durante la marcha las notas y entrevistas van in crescendo en forma proporcional con su cercanía a la Capital Federal. Este insólito interés, tiene que ver con el propósito inicial del flamante gobierno de convertir a los maloneros y ese primer reclamo multitudinario que tuvo que afrontar a pocos días de asumir, en un ejemplo de los alcances de la Nueva Justicia Social. La solución del pedido kolla sería inmediata. Radios, revistas y periódicos se ocupaban de los indígenas, brindándoles espacio en la tapa y un destacado centimetraje interior. Hasta el noticiero cinematográfico “Sucesos Argentinos” mostró en varias emisiones el avance semana a semana de la caravana.

Los kollas para quebrar la invisibilidad y extrajerización de la que siempre fueron objeto, hacen gala de un itinerario tan prolijo como estratégicamente argentino. El contingente aprovecha las fechas patrias para ingresar a distintas capitales de provincia que jalonan su itinerario: San Salvador de Jujuy el 25 de Mayo, Córdoba el 20 de junio y el 9 de julio de 1946 entran en Rosario. Allí, los casi doscientos maloneros con sus caballos y mulas, desfilaron junto a regimientos de infantería por las principales avenidas de Rosario para terminar alojados en guarniciones del Ejército. Los indígenas conocían el interior de los cuarteles sólo en calidad de cautivos y las veces que marcharon con las tropas, lo hicieron encadenados como trofeos de guerra. Esta vez, desfilaban junto a las tropas en el día de la independencia. Todo un símbolo de lo que parecía el advenimiento de un nuevo tiempo para los pueblos originarios.

Después de Rosario, la marcha se vuelve vertiginosa y se producen situaciones inquietantes. Ante su mera aproximación, se crean comités “Pro Reforma Agraria”. En Pergamino miles de ciudadanos los reciben con antorchas. Después llega Areco cuna de la Tradición para demostrar su argentinidad. Finalmente tocan el santuario de Luján para evidenciar que no eran indios idolatras. Cuando el sábado 3 de agosto ingresaron a la Capital fueron aclamados por millares de porteños. Desde las ventanas de los edificios de la Av. de Mayo los vecinos arrojaban flores al paso del Malón. Al llegar a la Plaza de Mayo, varios de sus integrantes se unieron en un abrazo fraternal con el general Perón, nada menos que en el mítico balcón de la Casa Rosada a la vista de la multitud. Jamás en nuestra historia había pasado algo similar. Media docena de diarios destacan las palabras del presidente cuando asegura: “den por hecho lo pedido”. Paradójicamente, después de tan apoteótica recepción fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes, el sitio donde internaban a los extranjeros que descendían de los barcos. De hecho Perón los visita allí acompañado por el ministro de Relaciones Exteriores…

El gobierno advirtió tarde las alianzas y apoyos suscitados por el Malón y comprendió que había ingresado en un terreno peligroso. Si les otorgaban las parcelas a los 174 kollas, una lluvia de pedidos indígenas y reclamos de peones rurales necesitados de tierras se desataría a lo largo del país. El presidente no tenía opción, o les daba la tierra a los maloneros afrontando lo que vendría después o los borraba de la vidriera nacional. Por lo pronto fue desalojado de las portadas de los diarios para ser mencionado esporádicamente en páginas interiores.

Era necesario sacárselos de encima. El modo que encontraron fue devaluar las aspiraciones de los kollas ante la ciudad que los habían recibido con los brazos abiertos. El 15 de agosto, dos semanas después de su arribo un personaje del gobierno tuvo la extravagante ocurrencia de organizar dos equipos de fútbol con integrantes del Malón para disputar el partido preliminar antes del clásico River-Boca que, como es sabido, se trata del evento de máxima visibilidad nacional. Aquella tarde según la prensa oficialista “los collas brindaron la nota simpática” y según la oposición “fueron objeto de risas”. Otros diarios como El Pueblo olvidando completamente el motivo del reclamo de tierras, presentaron el episodio como si los maloneros estuvieran participando de una gira deportiva: “Por primera vez juegan en la Capital”. Los 40.000 asistentes al encuentro se preguntaban extrañados “¿estos son los kollas que vinieron por sus tierras y están jugando a la pelota?” Esa fue la última vez que los porteños tuvieron noticias de los kollas. Tras el partido quedan confinados en el Hotel de Inmigrantes. Hermógenes Cayo, uno de los maloneros, escribe en su Diario de Viaje: “Esperamos las justicias, pero nada… Todo bien. Pero nada…”.

Mientras finalizaba agosto, Buenos Aires comenzó a interesarse en otros temas y los kollas comenzaron a ingresar en el callejón del olvido. En cambio el entorno gubernamental estaba inquieto. El general Filomeno Velazco asumió la voz cantante de las Fuerzas Armadas y de la Sociedad Rural preocupados por el problema que los indios desnudaron. Todos comprendieron que el inusual apoyo recibido por el Malón a su paso por la Pampa Húmeda por parte de pequeños chacareros, arrendatarios, sociedades de socorros mutuos, ligas agrarias, sociedades de fomento y centros de inmigrantes, encubría un problema de una envergadura que no podía ser obviado. Además, tampoco la Gendarmería que debía lidiar en las fronteras con grupos de indígenas, observaba con buenos ojos que el gobierno cediera ante los kollas. Entregar las tierras solicitadas era sentar jurisprudencia, una muestra de debilidad que llevaría a que un sin fin de sectores y comunidades se envalentonaran en una avalancha de reclamos.

Tal como explico en mi investigación “Los indios invisibles del Malón de la Paz” (Ed. Continente-Sudestada) Perón vaciló durante 25 días y luego dejó hacer…Tres semanas después de su apoteótica llegada la esperanza indígena terminó de la peor manera. En la madrugada del jueves 29 de agosto de 1946 en medio de gases lacrimógenos, golpes, insultos, llantos y vejámenes, una fuerza conjunta compuesta por cientos de soldados de la marina de guerra y una brigada lanzagases “convencieron a los kollas de retornar a sus lares”. Los maloneros fueron secuestrados, arrojados dentro de un tren de carga con custodia armada para que no pudiesen descender antes de arribar a la Siberia Argentina, nombre inicial de Abra Pampa.

Al día siguiente ante el escándalo periodístico, el gobierno se hizo el desentendido. Nadie sabía quién había ordenado la movilización de la tropa, el envió del tren de carga con gente armada y que tuviera como destino el extremo norte. El presidente Perón se limitó a crear una Comisión Investigadora que obvio no investigó nada. Un diputado jujeño de apellido Saravia gritó desde su banca: “en Jujuy no existen indios ni kollas”. El problema de las tierras desaparecía por arte de la semántica. Para el imaginario argentino en general nuestro país es blanco y europeo y por ende resulta natural su ausencia.

La peregrinación de 2000 kilómetros que conmovió a la Argentina, fue concebida para mostrar el sufrimiento indígena con el objetivo de obtener algo de justicia a cambio. Sin embargo, la bandera en una mano y la cruz en la otra no alcanzaron para expiar la culpa de ser indios, culpa que al año siguiente en 1947, los pilagás y wichis de Formosa experimentarían de la manera más cruda y desgarrada en la mayor matanza de indígenas del siglo XX que costó la vida de cientos de niños, mujeres y hombres en Rincón Bomba y que la Desmemoria hizo desaparecer de la historiografía oficial. Hermógenes Cayo, horas antes de ser “envagonado” en el tren de carga que los desterró finaliza su Diario de Viaje: “Mala suerte la nuestra. Si no hay justicia, que no haiga leyes, hay apenas para los pobres como yo y mis hermanos. Los ricos quedarán, pero habrá un día en que se igualarán todas las cosas que nos han hecho. Así será

Fuente: https://www.resumenlatinoamericano.org/

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