La infancia de Cholita, como la llamaban sus hermanas, no fue muy distinta de la de millones de chicos argentinos, atravesada por las privaciones y las ilusiones de salir de esa situaciĂ³n, de soñar con el imposible juguete o el viaje a la gran ciudad. El Estado de entonces estaba muy lejos de ser benefactor, y para todos regĂan las leyes del mercado, con sus pocas ofertas y todas las demandas.
La pobreza en toda su dimensiĂ³n serĂ¡ una marca indeleble para Evita. A ella nadie se la contĂ³, aprendiĂ³ muy a su pesar a convivir con las necesidades, a sobrevivirlas: “Para ver la pobreza y la miseria no basta con asomarse y mirarla. La pobreza y la miseria no se dejan ver asĂ tan fĂ¡cilmente en toda la magnitud de su dolor porque aun en la mĂ¡s triste situaciĂ³n de necesidad el hombre y mĂ¡s todavĂa la mujer saben imaginĂ¡rselas para disimular, un poco al menos, su propio espectĂ¡culo. […] AllĂ donde cuando hay cama no suele haber colchones, o viceversa; o ¡donde simplemente hay una sola cama para todos…! ¡Y todos suelen ser siete u ocho o mĂ¡s personas: padres, hijos, abuelos…! Los pisos de los ranchos, casillas y conventillos suelen ser de tierra limpia. ¡Por los techos suelen filtrarse la lluvia y el frĂo…! ¡No solamente la luz de las estrellas, que esto serĂa lo poĂ©tico y lo romĂ¡ntico! AllĂ nacen los hijos y con ellos se agrega a la familia un problema que empieza a crecer. Los ricos todavĂa creen que cada hijo trae, segĂºn un viejo proverbio, su pan debajo del brazo; y que donde comen tres bocas hay tambiĂ©n para cuatro. ¡CĂ³mo se ve que nunca han visto de cerca la pobreza! Yo tambiĂ©n los he visto volver a casa con el hijo muerto entre los brazos para dejarlo allĂ sobre una mesa y salir luego a buscar un ataĂºd como antes buscaron mĂ©dico y remedios: desesperadamente. Los ricos suelen decir: ‘No tienen sensibilidad, ¿no ve que ni siquiera lloran cuando se les muere un hijo?’. Y no se dan cuenta de que tal vez ellos, los ricos, los que todo lo tienen, les han quitado a los pobres hasta el derecho de llorar”. 1
El 8 de enero de 1926, Juan Duarte, el padre de Evita, muriĂ³ en un accidente automovilĂstico. Apenas se enterĂ³ del hecho a travĂ©s de una llamada de un pariente cercano del muerto, Juana partiĂ³ hacia Chivilcoy con sus cinco hijos en un auto de alquiler y se presentĂ³ en el velorio a darle el consabido Ăºltimo adiĂ³s.
Todas las miradas se clavaron en Juana y su prole. Las señoras y los señores “respetables” no podĂan creer lo que veĂan. “CĂ³mo se atreve”, era en aquella tĂ³rrida mañana de verano la frase menos original, que competĂa con “quĂ© coraje” y “quĂ© descaro”.
La familia “legĂtima” –y no, como se ha dicho errĂ³neamente, su esposa, que habĂa fallecido hacĂa cuatro años– 2 no se opuso a tolerar la presencia de la familia de Los Toldos. Los testimonios coinciden en un pequeño episodio con una de las hijas, que fue superado; los otros Duarte y la pequeña Ibarguren pudieron besar a su padre antes de que cerraran el fĂ©retro y acompañar el cortejo fĂºnebre. Esto le quita al episodio el carĂ¡cter de fundamental y predestinante que le da, por ejemplo, la pelĂcula Evita de Alan Parker, que quiere ver en el enojo de esa pequeña rebelde, que contra todos consigue irrumpir en la sala mortuoria para besar a su padre, un anticipo de la futura imparable Evita. (…)
Evita tuvo que entender pronto cosas que llevan su tiempo aprender. No iba a tener nunca ciertas cosas: una familia “legĂtima”, un auto, las cosas que parecĂan normales y constitutivas de la felicidad en las familias que ella veĂa en el cine y escuchaba en los radioteatros. A diferencia de sus compañeras de catecismo, no pudo tener la foto de su primera comuniĂ³n. No habĂa plata para esas cosas. ConociĂ³ la humillaciĂ³n, los zapatos apretados y rotos heredados de sus hermanas y la mirada para abajo que indefectiblemente lleva a mirar de reojo para arriba. SoportĂ³ en varias fiestas patrias la dĂ¡diva de las señoras de la “beneficencia” que le acariciaban la cabeza con cierta prevenciĂ³n mientras le donaban, a la vista de toda la escuela, un guardapolvo usado o el vestidito pasado de moda que alguna de sus hijas habĂa desechado. AhĂ empezĂ³ a odiarlas prolijamente. “Desde que yo me acuerdo, cada injusticia me hace doler el alma como si se me clavase algo en ella. De cada edad guardo un recuerdo de alguna injusticia que me sublevĂ³ desgarrĂ¡ndome Ăntimamente. La limosna para mĂ fue siempre un placer de los ricos; el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres sin dejarlo nunca satisfecho. Y para eso, para que la limosna fuera aun mĂ¡s miserable y mĂ¡s cruel, inventaron la beneficencia y asĂ añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son, para mĂ, ostentaciĂ³n de riqueza y de poder para humillar a los humildes”. 3
La Argentina vivĂa la terrible crisis iniciada en octubre de 1929 en los Estados Unidos y extendida como una peste a todo el mundo. Los paĂses centrales habĂan transferido los efectos de esta “depresiĂ³n” a los paĂses perifĂ©ricos e iban a lograr que estos asumieran los costos de la misma. A su vez, los Estados de los paĂses perifĂ©ricos como el nuestro transferirĂan el grueso del costo de la crisis a los sectores populares, vĂa el aumento de impuestos y tarifas y la rebaja brutal de sueldos y jornales. Era una crisis perdurable que habĂa afectado particularmente al campo. Los pequeños productores, que habĂan tomado prĂ©stamos hipotecarios para sembrar y pensaban pagarlos con el producto de las cosechas, pronto advirtieron que por la rebaja unilateral de precios impuesta por Estados Unidos y Gran Bretaña, para ganar lo mismo tenĂan que producir y vender el 40% mĂ¡s y absorber los costos que esto implicaba. La mayorĂa no pudo afrontar esta situaciĂ³n y sus campos fueron ejecutados por los bancos. Tuvieron que dejar las zonas rurales en busca de oportunidades econĂ³micas en las ciudades, pero no ya como propietarios sino como proletarios. Peor aĂºn serĂa la situaciĂ³n de los peones de estos campos, familias enteras que comenzaron a migrar hacia las ciudades, expulsadas por el hambre. (…)
A los Ibarguren-Duarte no les alcanzaba para mudarse a la gran ciudad y con gran esfuerzo lograron, a comienzos de 1930, asentarse en JunĂn en busca de una vida mejor.
JunĂn ya era una ciudad importante de la provincia de Buenos Aires con dos lĂneas de trenes: el Ferrocarril Buenos Aires al PacĂfico y el Central Argentino, y un inmenso taller ferroviario que daba trabajo a miles de obreros.
La vida de los Ibarguren-Duarte siguiĂ³ marcada por las privaciones. Juana “cosĂa para afuera”, como se decĂa por entonces, en su nueva casa de la calle Winter 90, y recibĂa la ayuda de Blanca, que ya ejercĂa como maestra. Elisa habĂa logrado el traslado a la oficina de Correos de JunĂn y Juancito trabajaba de mandadero en una farmacia. Las mĂ¡s chicas, Chicha (Erminda) de catorce y Cholita de once, estudiaban. En la Ăºnica escuela de General Viamonte habĂan realizado sus primeros años escolares.
El pase de Evita a la Escuela N° 1 “Catalina Larralt de Estrugamou”, de JunĂn, le permitiĂ³ completar su tercer grado. No era una buena alumna y sus boletines dejan ver muchas inasistencias. Sus compañeras destacan que por entonces era callada y tĂmida. Una de sus maestras recordaba: “Tuve por alumna a Eva PerĂ³n, que por aquel entonces se llamaba Eva Ibarguren. Pero no me acuerdo bien de ella. Era una chica comĂºn, una alumna mĂ¡s. No se destacaba por nada especial. RepitiĂ³ segundo grado. Era buena en labores y canto, pero era muy faltadora”. 4
Otra de sus docentes va un poco mĂ¡s allĂ¡: “Recuerdo perfectamente a varios de sus compañeros, pero la figura de esta alumna, por momentos, se me desdibuja, posiblemente, porque no terminĂ³ su escuela primaria en el pueblo. Sin embargo, recuerdo nĂtidamente la expresiĂ³n de sus ojos: igual a la que exhibiĂ³ durante todo el resto de su vida. Era mĂ¡s bien callada y no tenĂa muchos amigos. Me parece recordar que las madres aconsejaban a sus hijos no acercarse mucho a ella y a sus hermanas”. 5
No son pocos los testimonios que coinciden en que algunas de sus amiguitas eran reprendidas duramente por sus madres si se juntaban con “esa bastarda”.
Aquellas señoras de doble moral justificaban su actitud cruel y discriminadora en la defensa de las “buenas familias” que incluĂan a sus maridos que, como ellas bien sabĂan, embarazaban a sus amantes fuera de sus hogares “bien constituidos”, generando aquellos niños en los que estas nobles damas ejercĂan su venganza. (…)
Por la tarde, Evita jugaba con sus hermanos. Le encantaba pintarse la cara con algĂºn maquillaje de su madre o con barro, vestirse de payaso y hacer acrobacias y malabarismos. La platea familiar asistĂa a sus funciones que incluĂan escenas teatrales.
TambiĂ©n se divertĂa coleccionando fotografĂas de sus actrices preferidas, que atesoraba en un Ă¡lbum. Al recorrer las pĂ¡ginas de aquellas revistas como El Hogar, se asomaba a un mundo lejano, soñado, un mundo al que difĂcilmente accederĂa, el de las reinas, las divas, las estrellas de Hollywood, aquellas mujeres hermosas, brillantes, independientes, que marcaban un estilo. (…)
TenĂa pocos juguetes y les pidiĂ³ a los Reyes Magos una muñeca de “tamaño natural”. A la mañana de un seis de enero mirĂ³ sobre sus zapatos, sin muchas ilusiones, para no sufrir una nueva decepciĂ³n; pero allĂ estaba una enorme muñeca. Cuando la abrazĂ³, notĂ³ que le faltaba una pierna. Era lo que habĂa podido comprar doña Juana, una muñeca de descarte. A Evita el regalo le llegĂ³ con un relato que daba cuenta de que la pierna se habĂa roto al caerse del camello del rey Baltasar. Cholita estaba aprendiendo a dudar de las versiones de los adultos y de la bondad de los reyes.
A MarĂa Eva le encantaba recitar poesĂa. El 20 de octubre de 1933 participĂ³ en la obra Arriba Estudiantes, gracias a que Erminda pertenecĂa a un grupo escolar que organizaba representaciones teatrales. Poco despuĂ©s hizo su debut artĂstico recitando el poema “Una nube”, de Gabriel y GalĂ¡n. Fue frente a un micrĂ³fono de la casa de mĂºsica de Primo Arini, que transmitĂa a travĂ©s de altoparlantes el programa “La Hora Selecta”, que alteraba el silencio de JunĂn todas las tardes a las siete. “Recuerdo que, siendo una chiquilla, siempre deseaba declamar. Era como si quisiera decir siempre algo a los demĂ¡s, algo grande, que yo sentĂa en lo mĂ¡s hondo de mi corazĂ³n.” 6 (…)
La radio la hacĂa soñar; se imaginaba triunfando en algĂºn teatro de Buenos Aires, se iba de la miseria del dĂa a dĂa, hasta que la realidad la volvĂa a dejar en su casa.
HabĂa en ella una mezcla interesante de optimismo y rebeldĂa: “En el lugar donde pasĂ© mi infancia los pobres eran muchos mĂ¡s que los ricos.Yo sabĂa que habĂa pobres y que habĂa ricos; y sabĂa que los pobres eran mĂ¡s que los ricos y estaban en todas partes. Me faltaba conocer todavĂa la tercera dimensiĂ³n en la injusticia. Hasta los once años creĂ que habĂa pobres como habĂa pasto y que habĂa ricos como habĂa Ă¡rboles. Un dĂa oĂ por primera vez de labios de un hombre de trabajo que habĂa pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelaciĂ³n me produjo una impresiĂ³n muy fuerte. Alguna vez, en una de esas reacciones mĂas, recuerdo haber dicho: ‘AlgĂºn dĂa todo esto cambiarĂ¡…’. Y no sĂ© si eso era ruego o maldiciĂ³n o las dos cosas juntas. Aunque la frase es comĂºn en toda rebeldĂa, yo me reconfortaba en ella como si creyese firmemente en lo que decĂa. Tal vez ya entonces creĂa de verdad que algĂºn dĂa todo serĂa distinto; pero lĂ³gicamente no sabĂa cĂ³mo ni cuĂ¡ndo”. 7
Referencias:
1 Eva PerĂ³n, La razĂ³n de mi vida, Peuser, Buenos Aires, 1951.
2 El acta de defunciĂ³n, que puede verse en el cementerio de Chivilcoy, dice claramente: “Juan D’Uhart Duarte, nacionalidad argentino, 66 años, estado civil viudo, agricultor, causa de fallecimiento hemorragia cerebral”.
3 Eva PerĂ³n, op. cit.
4 En Vera Pichel, Evita Ăntima, Planeta, Buenos Aires, 1993.
5 Testimonio de Nidia de la Torre de Dilagosto, en Otelo Borroni y Roberto Vacca, La vida de Eva PerĂ³n, Galerna, Buenos Aires, 1971.
6 Eva PerĂ³n, op. cit.
7 IbĂdem.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar


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