Por Zeta. Luis Barrera, mi tío Luis, trabajaba en Fabricaciones Militares. Era un operario técnico calificado, un pintor. Vivía, como nosotros, en Villa de Mayo que, en aquellos años de mi infancia, era un modestísimo barrio obrero en el tercer cordón del conurbano bonaerense.
Mi tío Luis sentía adoración por mi hermano Marcelo (que era, en efecto, un niño adorable, un atorrante hermoso de medio metro de altura que silbaba desde que tenía poco más de dos años, con tanta gracia y tan melodiosamente que todavía escucho, cuando caminábamos por la calle y lo reconocían, el pedido hecho grito: "¡Marcelito, silbá!"). Le había agregado a su bicicleta una silleta adelante del manubrio, y allí lo sentaba, cuando mi madre le había sacado la mugre que juntábamos jugando a la pelota, para que él saliera a presumir por el barrio, en su vuelta puntual, de punta en blanco, con unos inolvidables ganchitos metálicos que le ajustaban la botamanga de sus pantalones.
Luis tenía dos o tres pasiones que vivía con la intensidad insobornable de las causas nobles: el vino compartido, Perón y los Diablos Rojos de Avellaneda. Y tenía un exquisito sentido del humor. Por supuesto que Marcelo es hincha de Independiente. Luis le decía "Balbuena", por Agustín Balbuena, un delantero que ganó cuatro Copas Libertadores y la Copa Intercontinental con Independiente. Yo ligaba, bastante seguido, la aventura de desandar los más de cuarenta kilómetros que había entre su casa y la doble visera, para ver aquel equipo de ensueño, ese que a sus hinchas les hacía inflar el pecho cuando cantaban "será siempre Independiente el orgullo nacional".
Cuando salíamos de la cancha comíamos unas porciones de muzzarella de parados, en Retiro o en Constitución, unos manjares que seguíamos saboreando todo el viaje en el Belgrano Norte.
Los domingos que el Rojo era visitante o que Luis no juntaba ganas para ir a la cancha, su sobremesa se estiraba hasta que caía la tarde. Se sentaba a tomar unos vinos interminables, pegadito al combinado, escuchando tangos. Tenía vinilos de todas las grandes orquestas y de los mejores cantores, y lo sentaba a Marcelo, en especial las tardes lluviosas en que nos prohibían el fútbol, a contarle los secretos del tango, y le hablaba de D'Arinenzo, Troilo, Di Sarli, Pugliese, Caló, Canaro, De Mare, Laurenz, D´Agostino, Tanturi, Biaggi, Rodríguez, Salgán, De Angelis, Gobbi, De Caro... y entre vaso y vaso soltaba un ¡Viva Perón, qué mierda!
El caso es que todavía creo recordar una tarde de domingo, Luis sentado al lado del combinado, el vino compañero y una melodía que se metió en algún rincón de mi infancia, y allí hizo patria. Muchos años después yo iba a saber que eso que había escuchado era "Nada", un tango con letra de Horacio Basterra y música de José Dames.
No sé si Luis aprobaría esta versión. Yo voy a tomarme la licencia de pensar que sí. Porque es domingo, porque pienso tomarme unos vinos en honor al querido Barrera, porque tengo ganas de brindar a la salud de mi hermano, Balbuena, y porque Viva Perón, qué mierda.

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