Por Javier Ernesto Guardia Bosñak. Del ridículo no hay retorno y de la traición hacia las raíces de uno, menos que menos. Sencillamente, porque es traicionar a los ancestros; a los que nos dieron un apellido y dejaron un legado para custodiar, pero también para hacerlo perdurar en el tiempo.
En ese sentido, la UCR traicionó a sus raíces y al legado de apellidos como Alem; Yrigoyen; Illia o Alfonsín y Pisarello, convirtiéndose en parias de los Grupos Hegemónicos, con una tendencia sistemática a la felonía.
Aliarse con el PRO en 2015, significó aliarse con la pata civil y eclesiástica de las diferentes Dictaduras con que la Oligarquía y el Imperialismo destruyó a nuestra Patria desde 1930 hasta 1983, en esas cinco décadas durante las cuales se destruyó todo lo que se había construido en las cinco anteriores, entre 1880 y 1930.
Si la destrucción no fue mayor y no quedamos con un País mucho más injusto de lo que es hoy (en términos de distribución de la riqueza e igualdad de condiciones), es porque tuvimos los Gobiernos de un Juan Domingo Perón y una etapa Nacional y Popular de la mano de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández.
Y en la reaccionaria Provincia de Tucumán, un sector del Radicalismo (el Amarillo Patito), en un acto de coherencia - debemos reconocer - plantea ampliar Juntos por el Cambio y sumar a la Fuerza Republicana del genocida Domingo Bussi, mientras que el otro sector (el Amarillo Hepatitis), desgarra sus vestiduras recordando la crueldad de la última Dictadura y rechazando la incorporación de Ricardo Bussi (el hijo vago del genocida, similar al hijo vago de Franco Macri).
Pero la cosa no termina allí, porque los amarillo Hepatitis vienen aceptando y sumando a exfuncionarios bussistas; a exlegisladores bussistas y hasta a actuales Legisladores Bussistas, no así al Hijo de Bussi, como pretenden hacerlo los amarillo Patitos. Es como que no invitemos a Hitler a una tertulia, pero sí a Hermann Göring, a Joseph Goebbels y a Albert Speer.
A ese nivel del ridículo llegó la UCR en su derrotero hacia lo incierto; hacia lo pendular; hacia un constante zigzagueo de posturas; de conductas y de discursos, propio de quienes pierden la brújula y el faro de sus antepasados, aquella luz a la que siempre volvemos cuando la duda nos invade.
Y todo, por elegir ese maldito camino que tomaron en Gualeguaychú 2015, ese al que los Yrigoyenistas y los Alfonsinistas, lo sabíamos como uno sin retorno, porque del ridículo y de la traición, no se vuelve jamás.


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