Editorial del Jueves 1 de julio de 2021: Por las Plazas con las Madres

Por Sara Mrad. Por aquellos años de los mediados del '70 llegaron ellos atentos y prontos  para desgarrar la vida. Con el siniestro  horror en sus manos nos arrancaron Nuestros Hijos y Nuestras Hijas, y nuestros corazones quedaron estremecidos por un largo tiempo... 

Los días se sucedían y cada vez más se intensificaba  la intemperie insana construida por las manos asesinas. Ya no sólo destruyeron  vida con los asesinatos, las desapariciones, y el hambre. También hirieron de muerte  la cultura y a la educación. No por nada el primer centro clandestino de detención en Tucumán fue la Escuela Diego de Rojas en Famaillá. No por nada miles de docentes , de intelectuales y de artistas, si no fueron desaparecidos, habían tenido que partir al injusto exilio para preservar sus vidas.

Con el tejido social vulnerado e incapacitado para reaccionar los genocidas dieron rienda suelta a otra parte del plan de exterminio: había que exterminar de raíz la posibilidad de formación de conciencias ciudadanas y participativas. Esta vez los libros eran los responsables irredentos.

 El 26 de junio de 1980 las manos asesinas llevaron a cabo en Sarandí la quema de libros más importantes en nuestro país. Un día gris, opaco,  sin brillo, entristecido por nubes plomizas, era el marco adecuado para que veinticuatro toneladas de libros del Centro Editor de América Latina ardieran en una hoguera que duró varios días. Dicen que retorciéndose entre el humo, las cenizas y el polvo  los libros se resistían a la muerte...

Dicen también que las palabras condenadas a morir huyeron a tiempo y se ocultaron en los socavones de la esperanza para preservar el saber y la cultura, y para mantener abrigada la memoria. 

 Muchos años han pasado y nuestro pueblo tuvo que soportar las inclemencias   del hambre, porque la dictadura trajo consigo la instalación un sistema económico demasiado injusto y perverso, que fuera profundizado por Menen primero y más tarde todavía por el miserable gobierno de Mauricio Macri. Pero acostumbrado a resistir nuestro pueblo también tuvo que ingeniársela para preservar sus ideales, sus saberes, su cultura, sus expresiones artísticas.

Muchos años han pasado y hoy, en tiempos en que la pobreza acecha a los más necesitados también tiene que soportar  la crueldad derramada por los medios de comunicación hegemónicos que sostienen la cultura represora y  a los devenidos en intelectuales y académicos que, con la mayor de las desvergüenzas se arrogan análisis de la situación política, económica y sanitaria trágica por la que atravesamos.

Con absoluto desparpajo hablan del autoritarismo, de las restricciones a las libertades como si no hubieran sido aplaudidores de la dictadura más perversa.

Hoy estos nauseabundos representantes de lo peor de la cultura represora, con malicioso cinismo, hablan de la descomposición democrática, de la colonización de la justicia, de las gravedades institucionales, como mirándose a un espejo que les devuelve sus propias siniestras imágenes, porque fueron y son el sostén filosófico y espúreo de Mauricio Macri y de cuanto integrante haya en las clases dominantes.

Dicen que en aquel invierno de 1980, retorciéndose entre el humo, las cenizas y el polvo,  los libros se resistían a la muerte. Dicen también que las palabras condenadas a morir huyeron a tiempo y se ocultaron en los socavones de la esperanza y aquí estamos, para recurrir a ellas, para continuar los sueños, para  abrigar la memoria  porque fueron aquellos libros y aquellas palabras las que saciaron la sed revolucionaria de nuestros hijos y de nuestras hijas para entregar la generosidad de sus vidas con la plena convicción de que la única "lucha que se pierde es la que se abandona"

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