Procesión de dinosaurios

Por Juan Carlos Di Lullo

Hace poco más de una semana, Cristina Fernández dijo que estamos ante “la última oportunidad que vamos a tener como país, si no encontramos una solución conjunta” y adelantó que este empeño va a “requerir el esfuerzo y la ayuda de todos”, más allá de las diferencias que siempre plantea la disputa electoral. La Vicepresidenta habla de la necesidad de establecer una discusión seria, madura, serena, e incluye a todos los sectores de la ciudadanía en esta apelación. Más allá de la adhesión, la admiración, el rechazo y hasta el encono que provoca la figura de Cristina, sólo unos cuantos afiebrados son capaces de poner en duda su capacidad de análisis de la realidad política y social del país y de la región. Por lo tanto (y sobre todo en este caso), conviene tener en cuenta sus observaciones y sus exhortaciones.

La discusión, el debate, la polémica y la controversia exigen a los participantes un piso mínimo de buena voluntad y de honestidad intelectual y, desde luego, el respeto y la tolerancia que una buena parte de los actores políticos (y muchos periodistas) parecen desconocer. Resulta sobrecogedor escuchar declaraciones o leer afirmaciones de personas que reclaman para sí la categoría de dirigentes sociales (y, en muchos casos, lucen el rol de precandidatos por distintos espacios) que carecen siquiera de una mínima consideración humana hacia el adversario, sobre todo si se trata de una mujer. Y a esta desoladora situación aporta, en gran medida, la actitud de periodistas y comunicadores que escuchan impávidos (cuando no festejan jocosamente) las barbaridades que profieren sus invitados.

Sobran los ejemplos: el precandidato a diputado de Juntos en CABA Martín Tetaz (desafortunado pronosticador de índices inflacionarios) dijo muy suelto de cuerpo que mientras en su espacio hay prácticas democráticas, en el Frente de Todos “hay un Führer que elige a dedo”. Vaya palabra que eligió para demostrar sus conocimientos de alemán; porque nadie va a pensar (al menos Joaquín Morales Solá no lo hizo) que quiso asimilar la figura de Adolf Hitler a la de Alberto o la de Cristina, ¿verdad?

La revelación de que la actriz Florencia Peña visitó la quinta presidencial el año pasado desató un verdadero carnaval de mentiras, exageraciones y exabruptos que van desde la misoginia hasta el insulto liso y llano. Eduardo Feinmann y Pablo Rossi (en LN+, por supuesto), visiblemente excitados, hablaron del “Cabaret de Olivos”, extrapolando arbitrariamente la entrada de la actriz a la quinta presidencial y llevando el número de visitas a “por lo menos 60”… En el mismo canal (¿coincidencia?) el delirante Javier Milei mencionaba “meretrices” y “billeteras”; Jonatan Viale, en lugar de llamarlo a la realidad, festejaba con risas cómplices los extravíos de su invitado, concentrado en demoler al mismo tiempo la integridad moral de la actriz y la figura del Presidente.

En las redes sociales, reducto de mucho cobarde que se cree ingenioso, Miguel Boggiano (otro economista fracasado y eternamente equivocado) pide la renuncia del Presidente y lo llama “Alberto gatero”, con lo que logra faltarle el respeto simultáneamente al Primer Magistrado, a la actriz y a sus respectivas familias; su tuit específico sobre Florencia es tan ramplón y de mal gusto en su pretendida (y frustrada) ironía, que veta absolutamente su transcripción literal.

También en las redes hicieron sus travesuras de adolescente reprimido dos pesos pesados del insulto y de la violencia verbal: Fernando Iglesias y Waldo Wolff. Afortunadamente (y gracias a luchas y conquistas que llevaron años), los adolescentes de hoy en día están a años luz de la estructura machista y patriarcal que orienta las actitudes de los dos diputados nacionales, quienes deberían respetar esa investidura republicana ya que no son capaces de respetar a las mujeres (¿porque les tienen miedo?). Los chicos de este milenio podrían aleccionar en esta materia a Iglesias y a Wolff y evitar así que se conviertan en los abanderados de esta procesión de dinosaurios que pisotea caóticamente las más elementales reglas de la convivencia entre seres civilizados.

Es precisamente con algunos de los integrantes de esta patética procesión con los que ha de intentarse el debate y la construcción colectiva que juzga indispensable la Vicepresidenta. Convertir la idea en realidad parece poco probable. Pero no imposible, sobre todo si un contundente respaldo del voto popular impulsa y relanza desde las urnas los lineamientos del frente que hoy conduce el gobierno nacional.

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