Por Pedro Arturo Gómez. Basado en un poema anónimo de fines del siglo XIV, este relato sobre una aventura del joven Gawain, sobrino del Rey Arturo y caballero de la Mesa Redonda, toma saludable distancia de las recientes versiones cinematográficas del ciclo artúrico, cuyo acento está puesto en la dimensión épica o la peripecia individual, como ocurre en la bienintencionada El Rey Arturo (Antoine Fuqua, 2004) y la torpe El Rey Arturo: La leyenda de la espada (Guy Ritchie, 2017). Más próxima al refinamiento estético de Excalibur (John Boorman, 1981) y a la tersura dramática de Lancelot du Lac (Robert Bresson, 1974), esta película del director de A Ghost Story (2017) convierte al periplo del héroe en un viaje surrealista y un estado de ánimo en tránsito alucinatorio, donde pulsa el temblor de lo humano. Nada del frenesí de la acción y mucho cifrado en el ritmo amortiguado de quien atraviesa, entre encuentros y revelaciones, los territorios de un sueño habitado por inquietantes figuras del mundo maravilloso. La exquisitez visual y sonora del film, junto con su delicada orfebrería narrativa, compone una pieza fascinante, un artefacto portentoso digno de las joyas de la corona del Rey Arturo. Una experiencia audiovisual sublime.

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