Mike Flanagan ganó reconocimiento dentro del género de terror por películas como Hush (2016) y El juego de Gerarld (2017), con la cual plasmó una notable adaptación cinematográfica de una novela de Stephen King que ofrecía nulas posibilidades de traslado a una versión audiovisual. En una nueva incursión dentro de la obra del autor de La zona muerta, Flannagan logró con alta eficacia aunar los universos de El resplandor según Stanley Kubrick y de la novela original más su secuela, en Doctor Sueño (2019). El éxito de la miniserie The Haunting of Hill House (2018) –despareja versión del texto original de Shirley Jackson- fortaleció aún más su carrera, aunque ya allí el incuestionable virtuosismo visual aparecía lastrado por ciertas tendencias a una exaltación dramática enturbiada de sentimentalismo y extensos soliloquios. Sobre las huellas de The Haunting… y con el mismo formato, vino The Haunting of Bly Manor (2020), una pretenciosa y fallida reelaboración de Otra vuelta de tuerca y algunos escritos más de Henry James. En este terreno abonado, Flanagan se anima ahora a su primera miniserie con un guion propio, sin bases literarias de origen, y el resultado vuelve a ser desnivelado. Es acertada la reescritura de uno de los mitos fundamentales del género fantástico al insertarlo en el seno de una vertiente religiosa dominante, junto con sobresalientes cualidades de puesta en escena, tratamiento de la imagen y construcción tanto de personajes como de contextos situacionales dotados de un riguroso realismo, el marco ideal para la irrupción de lo siniestro. El relato narra en 7 episodios los sucesos desencadenados por la llegada de un joven sacerdote católico a una pequeña y sufrida comunidad isleña de pescadores, a la cual regresa también un atribulado muchacho, recientemente salido de la cárcel y alcohólico en recuperación. Poco a poco, en un entorno dominado por sofocadas tensiones, la despoblación y las secuelas de un derrame petrolífero que ha diezmado la actividad pesquera, la monotonía cotidiana va siendo horadada por acontecimientos perturbadores que parecen ser la manifestación de una oscura presencia. La trama coral –con ecos de Salem’s Lot, una vez más Stephen King- alcanza su cúspide dramática en un giro precipitado por la decisión de un personaje central, y a partir de ahí la historia se desmorona durante el estallido de violencia final, bajo el peso de algunas incongruencias y la parrafada de un monólogo anti-clímax que se extravía en elucubraciones sobre el sentido trascendental de la vida y la muerte. Y es que Flanagan se muestra obsesionado con la significación existencial de las creencias religiosas y allí se empantana, en un atascamiento de filosofía barata que se devora la potencia de su narrativa.

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