Lecciones de la pandemia


Por Javier Gerez. La pandemia y su correlato, la cuarentena, subrayaron y vigorizaron los contrastes y las desigualdades sobre las que se afirma el funcionamiento social. Revelaron la condición paradojalmente prescindible e imprescindible de cada uno de los actores que integran el entramado interhumano. Esto se hizo singularmente notable en el ámbito del trabajo y las relaciones laborales. Partiendo de la premisa de que, al menos hasta ahora, el sujeto no nace al sistema por una decisión comunitaria, y en muchas ocasiones ni siquiera familiar, la condición de su supervivencia se basa en la inserción a partir de una lógica de intercambio según la cual cada uno ofrece su fuerza de trabajo, producto o servicio y por tanto precisa del otro para su demanda y para el propio consumo de otros productos y servicios. Aunque una lógica tal debería garantizar la no exclusión de ningún miembro, sin embargo en la forma capitalista vigente, con sus inequidades de origen y sus constantes reordenamientos, la tendencia ha sido precisamente la opuesta. 

La crisis impulsada por el Covid no sólo ha destacado el rol de oficios diversos como el del repartidor a domicilio y el médico, sino que ha obligado a reformular los términos en que pudieran diferenciarse ambos. El delivery, quien se vio impelido a incorporarse a esa actividad precarizada para hacerse de unos mínimos e imprescindibles ingresos, se vio convertido de pronto en un servicio esencial. El médico, profesional de prestigio, se encontró con el desafío de arriesgar y en ocasiones sacrificar su propia vida en el cumplimiento de su tarea. Entre uno y otro, una gran cantidad de rubros, profesiones y oficios reconocidos vieron drásticamente reducidas o suspendidas sus actividades, generándose una gran retracción económica, que sin embargo no ha puesto al borde del colapso al sistema en su conjunto. 

Si en tiempos normales el gesto de la salida al exterior, en donde se concentran las tareas y las oportunidades, resultaba indicativo de ejercitar un trabajo, durante el interregno que marcó el aislamiento dicho signo se invirtió. Fue preciso renunciar a las demás actividades para garantizar la existencia, en la medida en que la amenaza se encontraba en el afuera, del que era preciso resguardarse permaneciendo en el interior. 

El salvataje propiciado desde el Estado ha permitido derribar mitos ampliamente divulgados como aquél según el cual el aparato estatal se afirma sobre la actividad privada, que por lo tanto debe quedar liberada de cargas o regulaciones, o el que sostiene que los sectores más pobres se mantienen gracias al asistencialismo representado como una erogación unilateral sin retorno ni beneficio colectivo. En el primer caso, a poco de anunciadas las restricciones las empresas denunciaron su insolvencia para afrontar el pago de los salarios de su personal y debieron acudir al auxilio estatal, que rápidamente instrumentó herramientas como los ATP y otros beneficios y exenciones impositivas. Esta situación revela la conveniencia y la necesidad de una articulación más solidaria e inteligente entre lo privado y lo público, tras comprobarse el fracaso de los postulados a favor del libre funcionamiento de la oferta y la demanda y la certeza del no respeto a los convenios laborales en el sector privado. 

Mientras tanto, miles de pequeños y medianos comerciantes y empresarios debieron reconvertirse para subsistir. Sin embargo, los sectores de la economía informal fueron los que debieron realizar el mayor esfuerzo, microdiversificando sus actividades hasta niveles inimaginables, y desafiando las limitaciones y las sanciones impuestas a la circulación, para asegurarse una básica sobrevivencia. En este escenario, y mientras los empleados del gigantesco aparato estatal continuaron percibiendo sus salarios casi sin dilaciones, nada indignó tanto al discurso hegemónico como las ayudas destinadas a los sectores más vulnerables, las cuales contribuyeron a paliar parcialmente sus carencias básicas. Sin duda, este rol del estado todobenefactor no podía sostenerse de manera permanente en el tiempo; por ello mismo resulta imprescindible extraer lecciones duraderas de experiencias implantadas durante este período inédito como los ATP, el IFE y la consiguiente incorporación y actualización de datos de vastos sectores al sistema y su bancarización, la posibilidad de una evolución hacia una renta universal, y el Aporte Solidario de las Grandes Fortunas, carga que podría prefigurar una forma legislada de redistribución de la riqueza. De este modo, la reactivación no constituiría un mero retorno a los cauces de los viejos modelos sino un verdadero cambio de paradigma como el preanunciado por el discurso del poder político. Para que una transformación como la esbozada parezca posible y se planteen de modo realista objetivos hasta ahora retóricos como los de pleno empleo y soberanía alimentaria resulta fundamental, por supuesto, una revisión profunda de las estructuras seculares que dominan la economía y un cambio radical en las relaciones entre el estado y los grupos del poder concentrado, en particular el agroexportador y el financiero, así como los aparatos mediático y judicial, en la búsqueda de mayor igualitarismo, de la defensa de los intereses de los sectores mayoritarios, y en la progresiva constitución de un Estado protagonista en los distintos estadios de la producción y la industria.

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El profesional, empleado u operario obligado a quedarse en casa pudo haber conocido en su involuntario reposo una ansiedad equivalente a la de los hombres y mujeres sumidos en la angustia de no encontrar un trabajo digno y estable. En las antípodas de la condición de los trabajadores esenciales –incluso de aquellos sin conciencia de ella o de quienes la ejercen a regañadientes-, y de toda clase o categoría de laborante, se ubica el ñoqui, burócrata o beneficiario del clientelismo, la prebenda y el nepotismo seculares que estructuran el andamiaje político-estatal. Estos se hallan invalidados por una doble negatividad: la ausencia de una tarea socialmente provechosa y la ausencia de una tarea en sí misma. Como trasfondo de la reflexión sobre el juego de las relaciones de producción humana se plantean varias interrogantes que habilitan un extenso debate. En esta oportunidad es dado poner en órbita sólo unas cuantas: ¿Hasta qué punto la actividad de cada uno produce un beneficio comunitario real y hasta qué punto sólo sirve para facilitar la propia supervivencia? ¿Somos los más capacitados para cumplir las funciones que se esperan del cargo al que hemos accedido de una forma u otra? ¿Alcanza con cubrir las funciones esperadas de un cargo o es preciso innovar para marcar una diferencia perdurable en el tiempo?

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La epidemia ha obligado a problematizar no sólo los modos de contemporizar con los demás seres humanos sino sobre todo con el entorno natural que nos sostiene. Si el agente viral surgió del sometimiento y la denigración de las demás especies animales y del procaz contubernio promovido por las aglomeraciones urbanas, urge modificar nuestra conducta en la convicción de que nuestra mera presencia en el planeta no nos autoriza a su destrucción. Durante los primeros meses de confinamiento los animales no invadieron las ciudades y demás espacios repentinamente despoblados sino que recuperaron temporalmente los territorios que les pertenecieron y de los cuales los desplazamos en los últimos siglos. A la espera de transformaciones estructurales que parecen todavía lejanas, la responsabilidad recae sobre las acciones individuales. Las nuevas experiencias derivadas de la retracción y el aislamiento pueden aprovecharse positivamente en la construcción de espacios de conciencia ambiental en el entorno habitado por cada uno, fenómeno que ha empezado a cobrar auge en los últimos tiempos: la alimentación sustentable, la clasificación de los residuos, la promoción de la reforestación, el uso de medios de transporte no contaminantes, representan algunos de los nuevos hábitos culturales que a la larga pueden llegar a gestar cambios permanentes.

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Las dificultades y alternativas enumeradas hasta aquí no deben pensarse sólo en función del universo de las clases medias sino especialmente en relación con los sectores vulnerables, que afrontan la doble adversidad de ser los más golpeados por las crisis y de permanecer social e institucionalmente invisibilizados y maniatados para generar acciones de respuesta propia a dichos conflictos. Dichos sectores se encuentran atravesados por flagelos económicos y culturales que, si bien atraviesan a todas las clases sociales, los afectan particularmente por sus impedimentos y limitaciones para contrarrestarlos: la pobreza estructural, la violencia de género, el abuso infantil, el embarazo adolescente, la malnutrición, la deserción escolar, las adicciones, el delito y la violencia delictiva, la estigmatización y el abuso de las fuerzas de seguridad, el maltrato animal, entre otros. 

Políticas de apertura de derechos como la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo y el acompañamiento de las personas gestantes permitirán salvar vidas y ofrecerán a aquéllas una posibilidad de planificación familiar que repercutirá en el conjunto de la sociedad. 

Si la pandemia plantea u obliga a plantear un reordenamiento de paradigmas, no parecería acertado concentrar nuestras expectativas en aquellos sectores adaptados y dominantes en las estructuras del sistema anterior, cuya crisis el virus no ha hecho más acelerar. Ello sólo cristalizaría en el impulso reflejo de retorno al orden anterior. Por el contrario, si los basamentos del nuevo orden tienen que estar regidos por parámetros de solidaridad, comunitarismo, redistribución, podría apostarse a aquellas enormes porciones de la población marginadas o no incorporadas plenamente al sistema, sobre las cuales el estado debería concentrar sus esfuerzos de reconstrucción.

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La venturosa llegada de la vacuna que permitiría a largo plazo la superación del presente escollo biopolítico debería ofrecer un panorama auspicioso para avanzar con mayor rapidez hacia estos objetivos y no para retroceder hacia el reforzamiento de los viejos statu quo imperantes. 

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